El beisbol cubano vive una paradoja cada vez más difícil de justificar y es visible a cada segundo en el que sus representantes continúan demostrando talento en las Grandes Ligas (MLB). Mientras ese aspecto reluce a la vista de todos, el campeonato nacional pierde atractivo y se hunde en un nivel cualitativo cada vez más bajo. Los errores casi infantiles a la defensiva, una media de pitcheo que no sobrepasa las 85 millas por hora y los desafíos desproporcionados restan lucidez al evento.
En el aspecto de la velocidad media de los serpentineros certificamos el dato mediante declaraciones exclusivas que nos brindó el sabermétrico Yasser Vázquez, uno de los especialistas de esta área más reconocidos en el beisbol cubano. Según el estadístico, a partir de la implementación de la aplicación Strike Zone desde la 59 Serie Nacional, el promedio de la recta es de 83-84 millas por hora en estos certámenes, después de una evaluación de la muestra.
Nombres como los de Yordan Álvarez, Aroldis Chapman, Yandy Díaz, Miguel Vargas y otras figuras nacidas en Cuba confirman que la isla sigue produciendo peloteros capaces de competir al máximo techo de la disciplina. Sin embargo, ese éxito individual contrasta con las dificultades de una estructura deportiva que no consigue convertir su tradición en un proyecto sostenible. Por el contrario, las lides en la Mayor de las Antillas transcurren casi más "por obligación" que para contribuir al desarrollo de los atletas.
El dedo en la llaga
La pregunta es inevitable: ¿hasta cuándo se atribuirá la crisis fundamentalmente a la salida de jugadores sin examinar las responsabilidades de quienes dirigen el beisbol nacional? La interrogante incomoda a quienes esgrimen esa teoría como la manera de esquivar las críticas.
Culpar al éxodo resulta insuficiente. La emigración deportiva es un fenómeno complejo, pero también deja al descubierto la incapacidad del sistema para adaptarse a una realidad que cambió hace años. Las autoridades deportivas cubanas siguen "enquistadas" en dogmas con décadas de implementación y eso es un error fatal. Los ejemplos de este modo de actuación son muchos y la segregación política es más que visible sobre aquellos que no comparten la línea de pensamiento del gobierno de Cuba.
El panorama es más complejo y abarca cierto temor para dar pasos en la dirección correcta. El período previo al Clásico Mundial 2026 fue otra prueba palpable, cuando algunos peloteros cubanoamericanos mostraron su interés en integrar la comitiva, pero no recibieron el permiso por parte de los jefes de la Mayor de las Antillas. El nombre de Zach Neto resonó una y otra vez, pero la luz verde nunca se concretó.
Mientras otras naciones no ponen fronteras ideológicas para facilitar la participación de sus mejores exponentes en las selecciones absolutas, Cuba continúa necesitando soluciones que permitan superar trabas administrativas, contractuales y políticas. El camino de censura y restricciones enarbolado una y otra vez originó diferencias que para muchos son irreconciliables.
Los integrantes de la plana mayor tienen ante sí una gigantesca responsabilidad
La Federación Cubana de Beisbol y las autoridades deportivas tienen una responsabilidad ineludible. Estos no controlan todas las dificultades económicas del país, pero deben responder por las decisiones que corresponden a su gestión. La calidad de los terrenos, la disponibilidad de implementos, la organización de los campeonatos y las políticas de contratación requieren soluciones concretas. Este aspecto sigue estando en la cuerda floja y no se avizora una solución.
Las condiciones de las instalaciones son otro azote constante al desarrollo eficaz de la actividad deportiva. No se trata de preocupaciones nuevas: en octubre de 2024, nuestro medio de comunicación Completo expuso el deterioro del estadio de Río Cauto, en Granma, mientras que en febrero de 2025 documentó deficiencias en el José Ramón Cepero, de Ciego de Ávila. Ambos casos dejaron constancia de problemas materiales que han afectado a instalaciones del beisbol cubano.
El mal también se extiende a la deficiente atención a los atletas. Como muestra más reciente, hay que hacer alusión al mayabequense Yadian Martínez, quien después de soportar años de engaños y promesas incumplidas acerca del otorgamiento de una vivienda expresó su molestia.
De recuerdos no se vive
Tampoco basta con apelar a la historia, los títulos del pasado o el compromiso de los atletas. La tradición no gana partidos por sí sola, y el prestigio acumulado no sustituye una estrategia moderna. Cuando la pérdida de baluartes se convierte en la explicación recurrente de los malos resultados, existe el riesgo de utilizar un problema real para eludir una evaluación profunda de la gestión deportiva. Esa es la rutina que recorre una y otra vez el oficialismo cubano.
La consecuencia de mantener el modelo sin cambios puede ser mucho más grave que perder algunas figuras. Un campeonato con menos estrellas, dificultades materiales y escasa competitividad corre el riesgo de alejar a los aficionados y a las nuevas generaciones. Recuperar la confianza exige algo más que convocatorias patrióticas y en Cuba ese punto sigue siendo una asignatura pendiente.
Quienes rigen el deporte de las bolas y los strikes en la nación necesitan abandonar la autocomplacencia y aceptar que ningún mérito histórico garantiza el éxito futuro. El pasado glorioso es hoy una "balsa" que algunos utilizan para justificar lo que no tiene ningún tipo de excusa.
El meollo del asunto
Para algunos entrenadores y personalidades del beisbol cubano, la transformación debe incluir algo más profundo, como la concepción del sistema que tiene el mando en el país. Solo así se dejarán atrás todos las vicisitudes.
“Es muy difícil que haya cambios en la pelota cubana si no hay cambios políticos”, dijo el entrenador René Bello al medio de comunicación Cubanet.
La pregunta ya no es por qué tantos peloteros cubanos triunfan fuera del país. La incógnita es por qué los que ocupan cargos administrativos no han conseguido construir un sistema capaz de ofrecer mejores condiciones para garantizar un flujo seguro y ordenado de sus piezas. Las reformas están sobre la mesa. Lo que falta es voluntad para aplicarlas, transparencia para evaluar sus resultados y responsabilidad para asumir las consecuencias de no hacerlo. La crisis continúa sin una respuesta estructural convincente, y las palabras no bastan para revertirla.
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