Siempre tuve una deuda con Romelio Martínez, mi coterráneo, mi amigo, el más grande pelotero que ha dado la tierra de Bejucal, antigua provincia La Habana y actual Mayabeque. Pero llegó el momento de saldar cuenta, de honrar al que a mi juicio ha sido el bateador de mayor poder en la historia de las Series Nacionales de Beisbol (SNB).
Romelio Martínez conectó 370 jonrones en 15 SNB (4752 VB), con la mejor frecuencia de todos los tiempos en esos torneos domésticos (un bambinazo por cada 12.84 veces al bate). Además, acumuló 1289 hits, 1055 carreras impulsadas y un slugging de .544. Pero el eterno cuarto bate de los Vaqueros no solo fue una semblanza estadística, sino un retrato de un hombre que hacía que el estadio se quedara pequeño para sus batazos.
Los vecinos del Nelson Fernández, estadio donde jugaba el equipo Habana, todavía recuerdan los descomunales batazos que conectaba Romelio Martínez, incluso, en varias ocasiones, la esférica impactó sobre los techos de sus viviendas. El bate del ídolo bejucaleño parecía demasiado pequeño para tanta fuerza. Su poder era natural, nunca tuvo la necesidad de fortalecer sus músculos con sesiones de ejercicios en el gimnasio, tenía unas muñecas semejantes a las del campeón de peso completo Rocky Marciano.
Cuando se hable de poder al bate en Cuba, tiene que relucir el nombre de Romelio Martínez
Hay peloteros que se recuerdan por sus estadísticas. Otros, por sus títulos. Algunos permanecen en la memoria por una jugada, un campeonato o un momento inolvidable. Y después están aquellos que se convierten en leyenda simplemente porque, cuando tomaban un bate y se paraban en el home plate, todo el mundo sabía que podía ocurrir algo extraordinario.
Romelio Martínez era uno de ellos, las probabilidades de que sacara la pelota del parque era enorme, hasta los rivales disfrutaban de sus kilométricos batazos. Para quienes tuvimos la oportunidad de verlo jugar, referirse a Romelio Martínez es hablar de fuerza, de batazos enormes, de pelotas que parecían no encontrar límites y de ese silencio particular que se apoderaba del estadio cuando el "Gordo" se preparaba para hacer swing. Con el respeto que merecen otros grandes jonroneros de la pelota cubana, dígase: Orestes Kindelán, Lázaro Junco, Pedro José Rodríguez, Antonio Muñoz, Omar Linares, entre otros, en mi opinión, el mayor poder lo poseía Romelio.
Romelio Martínez debió ser el rey del Statcast cubano
El nacido en Bejucal en 1965, era único cuando golpeaba la esférica. Las estadísticas no pueden medir completamente lo que significaba verlo batear. Los cronistas de su época hablaron de batazos descomunales. Algunos llegaron a describir conexiones suyas que alcanzaban las últimas secciones de las gradas del Latinoamericano (emblemático estadio y hogar de los Industriales) y terminaban rebotando hacia la calle.
Ese era Romelio Martínez, el cuarto bate de aquellos equipos Habana que reunían una verdadera tanda de terror: Luis Ignacio González, Gerardo Miranda, Pedro Luis Rodríguez, Juan Carlos Millán y él, que parecía tener una misión cada vez que entraba al cajón: darle con toda su fuerza a la pelota. Si en aquella época hubiese existido Statcast en las SNB (ni actualmente se registran con regularidad esas métricas en Cuba), las conexiones de Romelio se hubieran ubicado entre las mejores del país.
Pero había algo más, Romelio Martínez no solamente tenía poder. También contaba con una notable paciencia que probablemente lo privó de acumular una mayor cantidad de bambinazos en su carrera. De por vida recibió 1073 bases por bolas, una cifra que demuestra que los lanzadores conocían perfectamente el peligro que representaba dejarle un lanzamiento cómodo. Quizás por eso su historia también tiene un punto de injusticia deportiva. En una época en la que el beisbol cubano estaba repleto de estrellas, solamente integró una vez el principal equipo Cuba, en 1991. Ese año, jugando los Juegos Panamericanos de La Habana, bateó para un promedio de .409.
Los grandes no siempre necesitan una larga lista de equipos nacionales para demostrar quienes fueron. A veces basta con mirar lo que hicieron cada domingo en los estadios. Basta con preguntarle a quienes estuvieron en las gradas. Basta con mencionar su nombre en Bejucal, en Mayabeque, en La Habana o en cualquier rincón donde todavía sobrevivan las historias de aquella pelota.
El hipotético Derby Jonrones donde Romelio Martínez hubiera sido protagonista
Hace un par de años, Carlos Rojas (miembro de SABR y colaborador de Swing Completo) publicó en la red social X lo atractivo que resultaría una hipotética Competencia de Cuadrangulares entre varias leyendas cubanas y Romelio era uno de los competidores: "Imaginen un Derby de Jonrones de todos los tiempos de Cuba. ¿Quién ganaría?", escribió Rojas y luego hizo un gráfico donde aparecían: Cristóbal Torriente, Rafael Noble, Rafael Palmeiro, José Canseco, Yoennis Céspedes, Yordan Álvarez, Orestes Kidelán y Romelio Martínez.
Estoy seguro que en ese Derby de Jonrones de ensueño, Romelio hubiera conectado los cuadrangulares más largos y con la mayor velocidad de salida. No exagero, las conexiones del fornido bateador derecho son las más fuertes que he visto en las Series Naciones de Beisbol.
Dejó un gran legado tanto dentro como fuera del campo de juego
Romelio Martínez falleció el 17 de diciembre de 2017, a los 52 años de edad. Se fue demasiado pronto, pero dejó algo que el tiempo difícilmente podrá borrar: la memoria de uno de los bateadores más poderosos que haya producido el béisbol cubano.
¿Cómo persona? Describirlo llevaría otro artículo, tenía tantas virtudes que sus defectos apenas eran palpables. Romelio Martínez era excepcional: humilde, noble, sincero y de trato sencillo. A pesar de la grandeza que alcanzó como pelotero, nunca perdió su sencillez ni el cariño por la gente. Era un hombre generoso, amigo de sus amigos, familiar y siempre dispuesto a compartir una conversación, una sonrisa o una ayuda. Quienes tuvimos la suerte de conocerlo recordamos no solo al gran bateador que fue, sino al ser humano excepcional que llevaba dentro.
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