Exactamente cien años atrás, en un pueblito de la antigua provincia de Oriente, nació Willy Miranda, el primero de los torpederos mágicos de Cuba, antecedente histórico de los archiconocidos Rey Ordóñez y Germán Mesa.
Lamentablemente no hay videos que puedan dar fe de los milagros que era capaz de obrar el menudo jugador de nueve campañas MLB. Sin embargo, tampoco existen razones para dudar de los elogios que mereció de numerosas leyendas del diamante.
Todos hablan maravillas de Willy Miranda
Cito ejemplos. Tom Lasorda, un manager en el Salón de la Fama, lo bautizó como el mejor campocorto que había visto jamás, opinión que compartió Tony Taylor, el número uno de los camareros cubanos en las Grandes Ligas.
Por su parte, “El Premier” Conrado Marrero aseguró que “Willy Miranda sacaba outs desde lo más profundo de la posición” y hacía “jugadas legendarias”. Y otro ilustre con placa en Cooperstown, Phil Rizzuto, confesó que “al observarlo aprendí muchas cosas sobre cómo cubrir el shortstop, ¡y yo creía saberlo todo!”.
A Willy Miranda, como se dijo antes, le tocó abrir el camino del arte cubano en el riguroso escenario de MLB. Su talento iluminó los años cincuenta y suyas fueron unas tribunas que disfrutaron sus movimientos de bailarín, su alcance extraordinario y aquel brazo que no se correspondía con la frágil apariencia de un pelotero de 150 libras. Uno de los mentores que lo dirigió, Paul Richards, llegó a exclamar que tenía manos tan rápidas “como las de los carteristas”.
Se cuenta que durante casi toda su carrera profesional utilizó el mismo guante remendado. Lo llamaba “Old Faithful” y era un modelo Bob Dillinger grande y pesado que por su dureza algunos describían como “una tabla”. Lleno de reencordados y parches, la imagen demacrada del viejo guante de cuero hacía que muchos se preguntaran cómo Willy Miranda podía fildear con él.
Guillermo Miranda Pérez, que tal era el verdadero nombre del artista, fue el quinto de los siete hijos de Teodoro e Isolina (por cierto, el mayor de ellos, Fausto, devino reconocido periodista deportivo en medios como El Nuevo Herald). Y desde los ocho años soñó en grande: no solo quería llegar a la MLB, sino además vestir el uniforme de New York Yankees.
La primera ambición la hizo realidad en 1951, de la mano de Washington Senators. La otra la consumó dos años más tarde, y le deparó la infinita felicidad de ganar una Serie Mundial. Aunque eso sí, no como titular de la posición, porque Willy Miranda fue tan habilidoso con el guante como limitado con el bate.
Willy Miranda, un jugador que alegraba el diamante
Se paraba en el plato a la derecha y a la zurda, pero a ninguna de las dos brilló como quería. Es por eso que habitualmente jugó como reserva (excepción hecha de un par de cursos con Baltimore Orioles), y que en 1959 dijo adiós a MLB con solo 33 años cumplidos.
Definitivamente, Willy Miranda quedó muy a deber con el madero. En 12 temporadas en el beisbol cubano promedió .236 con apenas tres cuadrangulares, y su estancia en el Big Show la terminó con average de .221.
Una vez ido del máximo nivel, el mago emigró a Estados Unidos en 1960, se estableció en Baltimore, hizo alguna que otra incursión en la pelota (como dirigir a los mexicanos Sultanes de Monterrey en 1968), y falleció el siete de septiembre de 1996 a causa de un cáncer de pulmón,
Para entonces, con todo derecho, ya había sido incluido en el Salón de la Fama del Béisbol Cubano. Como escribiera Bob Logan en el Chicago Tribune, “con la forma en que Willie Miranda jugaba, el beisbol era divertido”.
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