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Anoche el Clásico Mundial de Beisbol nos regaló el mejor juego de su historia de dos décadas: he aquí los episodios esenciales del encuentro de superpotencias donde Estados Unidos venció a Dominicana 2x1.
Anoche el Clásico Mundial de Beisbol nos regaló el mejor juego de su historia de dos décadas. Un encuentro entre superpotencias donde Estados Unidos venció a Dominicana 2x1, pero los grandes ganadores estuvieron en las gradas y ante el televisor.
Nunca antes el evento nacido en 2006 había visto una exhibición tan acabada de capacidad para exprimir el brillo del diamante. A ese nivel no la había podido ofrecer ni el gran Japón de Ichiro, ni la versión “Plátano Power” de Robinson Canó.
Nada faltó en el plato. Ni la recta de humo, ni el batazo panorámico, ni el engarce fantástico. Concurrieron el acierto estratégico, la sensatez, la audacia, el derroche de actitud, y una tensión a flor de piel que dominó las más de tres horas de partido.
Para mí, el momento capital del juego (el momento donde USA ganó y Dominicana lo perdió) llegó en el quinto inning. Sí señor, aunque parezca muy temprano aconteció en el quinto inning, porque en un juego de poder a poder cualquier rally puede ser definitorio. Con dos outs, Tatis Jr. y Marte ligaron sencillos consecutivos, ¿lo recuerda? Paul Skenes había empezado a hacerse vulnerable, De Rosa decidió sustituirlo y mandó al box a Tyler Rogers, un tipo de esa especie en vías de extinción llamada “submarino”.
Un tipo de lanzamientos lentos, con casi 20 millas por hora menos que su predecesor. O sea, que fue como quitar un rifle para poner un tirapiedras y enfrentar al mejor bateador dominicano, el extraordinario, intimidante y colosal Juan Soto. ¿Estaba loco el manager? Acaso no. Acaso había hecho la elección de su carrera al escoger a Rogers en un bullpen lleno de brazos aptos y veloces. Dado que enfrente había un zurdo, el derecho recién llegado al box tenía en mente trabajarlo con el sinker.
Primer envío: bajito y afuera, sinker a 81.2 mph. Soto, que discrimina como los dioses, no mordió. Segundo envío, sinker a 81.8 mph. La pelota cayó justo en la zona baja y distante del cuadrito, Soto hizo swing y apenas consiguió un rodado a 86 mph por territorio del shortstop, quien ni siquiera recurrió al segunda base para facturar el doble play. Ahí, lo creo firmemente, Estados Unidos dio el golpe de autoridad sobre la mesa del partido para imponerse en su semifinal del Clásico Mundial.
Cuando se hace el recuento de los más destacados del choque en el bando norteño, la mayoría de la gente habla de la apertura de Skenes, la calidad de los relevos o los cuatriesquinazos de Henderson (sempiterno papá de Severino) y el joven Roman Anthony, quien llegó a última hora al equipo y acabó siendo autor de la carrera ganadora. Sin embargo, es imposible pasar por alto el liderazgo ejercido por el capitán de la nave de las barras y estrellas en este Clásico Mundial, Aaron Judge. El slugger no solo ejerció a tiempo completo su rol motivador (era el primero en abrazar, felicitar, chocar los cinco), sino que hizo un gran trabajo cuya guinda habría sido aquel jonrón que de modo sensacional le robó Julio Rodríguez.
Echémosle una ojeada: En el mismo primer inning se apuntó imparable con lineazo al bosque izquierdo. En el tercero “enfrió” a Tatis Jr. con un disparo perfecto a la antesala para evitar que los dominicanos tuvieran dos corredores en posición anotadora. En el cuarto se lanzó a la hierba con insultante autoconfianza y capturó una conexión de Soto abriendo entrada, tras la cual vino un doble de Guerrero Jr. y un hit por el infield de Machado. Como alguien dijo un día, “el pesimista se queja del viento, el optimista espera que cambie, pero el líder arregla las velas”.
Partamos de algo totalmente objetivo: el strike que puso fin al mejor juego del Clásico Mundial, no era strike. Aquel slider de Mason Miller cayó visiblemente bajo, y el umpire (que había trastabillado varias veces con anterioridad) ponchó a Perdomo. De manera que el encuentro debió seguir su curso así: el bateador se iba hacia primera, Dominicana tendría corredores en las esquinas y Tatis Jr. comparecía a la caja de bateo. Eso es verdad, y era lo que tocaba. Pero hay algo que Geraldo Perdomo seguramente sabe desde niño: algo que a todo el que jugó pelota le enseñaron con cansina insistencia, y es que cuando estás en dos strikes tienes que echarle bate “a todo lo que se parezca”. Y el envío de Miller, un rompimiento en zona, se parecía lo suficiente como para tratar de conectarlo. Máxime, y aquí viene lo más importante, cuando se trata de un bateador en 3 y 2 que representa el posible último out de un partido que se está definiendo por solo una carrera en una final adelantada del Clásico Mundial. Por puro y elemental sentido de la responsabilidad, Perdomo tenía que hacerle swing a esa pelota y no dejar que el árbitro pudiera equivocarse en el conteo.
Se trata de un evento de selecciones nacionales que ha celebrado cinco ediciones previas, con tres éxitos a la cuenta de Japón y una per cápita para República Dominicana y Estados Unidos.
Este año los norteamericanos ya aseguraron su presencia en la final del Clásico Mundial, donde rivalizarán con el vencedor de esta noche entre Italia y Venezuela.
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Michel Contreras González. Periodista deportivo con treinta años de carrera. Graduado de Comunicación Social en la Universidad de La Habana, ejerció el periodismo en medios como Juventud Rebelde, Bohemia y Cubadebate antes de adherirse a la llamada prensa independiente, para la cual ha sido colaborador de la página deportiva en Oncuba, Cibercuba y Cubanet. Artículos suyos han aparecido en varias publicaciones extranjeras de habla hispana. Obtuvo numerosos premios en concursos de carácter provincial y nacional. Tiene publicados los volúmenes “Dioses Paralelos” (Ediciones Loynaz) y “Vuelos de Gavilán” (Unos y Otros Ediciones). Apegado fundamentalmente a la crónica, el comentario y la entrevista, la mayoría de sus textos versan sobre béisbol, fútbol y ajedrez, sin desdeñar el boxeo y el atletismo. Ver más
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