
Existe una postura muy popular cada vez que se aproxima el Clásico Mundial de Béisbol: la del espectador cómodo. Es esa actitud que se pretende madura, equilibrada y superior, guarecida tras frases conocidas de memoria: «Yo no soy político», «solo sigo la pelota» o «yo voy con los míos». En el fondo, estas expresiones no son más que los barrotes de una celda que llevamos dentro, una que nos permite habitar una zona cómoda de la conciencia mientras la nación se desmorona a la vista de todos.
Esta posición, capaz de sostener críticas tibias hacia las instituciones, se desvanece en cuanto suena el primer batazo del torneo. En ese instante de efervescencia, el espectador decide olvidar: ignora el hambre crónica, los apagones que devoran el futuro y las sanciones injustas contra los peloteros que decidieron escapar para ser libres. Lo más doloroso es que, en ese trance, el individuo olvida que él mismo es un rehén y, a menudo, un desterrado del sistema que ahora vitorea desde la distancia.
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En Cuba, desde 1959, el béisbol no es recreación; es logística política. La selección nacional no funciona como un equipo de ciudadanos, sino como un estandarte de propiedad estatal diseñado para excluir y segmentar a quienes no juran lealtad. El equipo Cuba es, en esencia, una vitrina para exhibir la supuesta salud de un sistema fallido. Aplaudir este engranaje bajo el pretexto de la «inocencia deportiva» no constituye un gesto de nobleza, sino una complicidad inconsciente. La nostalgia por el equipo de las cuatro letras, por muy humana que sea, no puede seguir siendo el salvoconducto de la amnesia ética.
El régimen, en su naturaleza voraz, no descansa; coloniza el vacío que dejan los neutrales y se nutre de ese romanticismo mal curado hacia el deporte nacional. Bajo el disfraz del fervor por el Clásico Mundial, la maquinaria totalitaria convierte la añoranza del emigrado en su propio combustible. Es una ironía macabra: el sistema te expulsa del país mientras tú, desde el exilio, le regalas una ovación que lo legitima. Esa supuesta neutralidad es, en realidad, una inmadurez de carácter; es el terreno fértil donde la dictadura cultiva su permanencia a cambio de la desidia del aficionado.
El régimen, en su naturaleza voraz, no descansa; coloniza el vacío que dejan los neutrales y se nutre de ese romanticismo mal curado hacia el deporte nacional. Bajo el disfraz del fervor por el Clásico Mundial, la maquinaria totalitaria convierte la añoranza del emigrado en su propio combustible. Es una ironía macabra: el sistema te expulsa del país mientras tú, desde el exilio, le regalas una ovación que lo legitima. Esa supuesta neutralidad es, en realidad, una inmadurez de carácter; es el terreno fértil donde la dictadura cultiva su permanencia a cambio de la desidia del aficionado.
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La identidad nacional no es un contrato ciego que obligue a justificar estructuras opresoras. Todos queremos sentir orgullo por nuestros peloteros, pero el orgullo legítimo solo puede nacer de una selección libre, una que represente el talento soberano y no la sumisión política. El jugador, en este contexto, deja de ser un atleta para convertirse en un activo del Estado, vigilado y utilizado como moneda de cambio para secuestrar nuestra atención y blanquear la realidad.
Cuando el béisbol se utiliza para maquillar una tiranía, mirar hacia otro lado es un acto de comunicación política que jamás favorece al oprimido. Al final del día, el silencio y el entusiasmo acrítico son los ladrillos con los que se construye la permanencia autoritaria, la concentración del poder y la supresión de las libertades individuales. Y la historia, que no entiende de zonas cómodas ni de pasiones que ciegan, siempre termina pasando factura a quienes prefirieron el rugido del estadio sobre el grito de la libertad.
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