
Ted Williams, apodado "The Splendid Splinter", es una de las figuras más legendarias y temperamentales en la historia de las Grandes Ligas. Su fama de irascible era bien conocida, pero eso no detuvo a un joven coleccionista cubano en su búsqueda de autógrafos.
En 1999, Williams, ya con 80 años y disfrutando de su retiro en Florida, abrió las puertas de su casa a Orestes Chávez. Por entonces, Orestes apenas forjaba su carrera, pero hoy, a sus 62 años y radicado en Miami, es conocido como el "Rey del Coleccionismo cubano", con una colección que nadie en la isla puede igualar. Entre sus tesoros, cuenta con más de 500 pelotas de béisbol autografiadas, y varias de ellas llevan la firma del mismísimo Ted Williams.
¿Cómo logró Orestes conseguir la preciada rúbrica del genio del bateo? La historia es tan audaz como divertida:
"Yo era amigo de Paul Casanova, un compatriota que había jugado a las órdenes de Ted cuando este dirigió a los Senadores de Washington en 1969. Llamé a la estrella por teléfono y le dije que era el chofer de Paul, quien deseaba visitarlo", relata Orestes a Swing Completo. "Una vez en su casa, le pedí que me firmara algunas cosas, incluyendo cinco pelotas".
Orestes Chávez, un experto coleccionista, sabía que las firmas debían ir en el "sweet spot" de la pelota, el lado opuesto a la marca. Sin embargo, Williams comenzó a firmar en los costados. Tras ver tres pelotas "mal" firmadas, y olvidando que era un invitado en la casa de una leyenda, Orestes explotó: "¡Here, sign here! [¡Aquí, firma aquí!]", le gritó casi.
La respuesta de Ted Williams fue tan memorable como su temperamento: "You’re a pain in the a*s kid [¡Tú eres un dolor de c*lo, niño!]", y acto seguido, soltó una carcajada. Lo que pudo ser un incidente se convirtió en una anécdota que fortaleció su amistad, a tal punto que Ted le envió a Miami un bate y otros artículos autografiados.
Orestes Chávez nació en La Habana y llegó a Estados Unidos con su familia a los cuatro años, durante los Vuelos de la Libertad. Su pasión por el coleccionismo comenzó temprano, a los nueve años, atesorando postales de peloteros.
"Hubo un apogeo del coleccionismo en los años ochenta", explica Orestes, "atribuido a la robustez económica de esa década y al interés que despertó la rivalidad entre los jonroneros José Canseco y Mark McGwire. Ahí fue cuando me ‘enganché’ a esta afición". Su trabajo de 30 años como policía en Miami (retirándose como subjefe) le proporcionó el sustento para costear su costoso hobby.
Incluso su profesión le sirvió en una ocasión para intentar conseguir una firma: "Hubo un jugador, no recuerdo quién, que no me abría la puerta. Se me ocurrió tocar el timbre de su residencia vestido de policía e inmediatamente esconderme en un arbusto, pero ni así abrió", recuerda entre risas.
Para los coleccionistas principiantes, Orestes tiene consejos clave:
Orestes señala que el valor de un autógrafo no siempre se correlaciona con la fama del jugador. "Mickey Mantle, el mejor bateador ambidiestro de todos los tiempos, firmó miles de pelotas. Ahora mismo están valuadas entre $100 y $120 dólares", explica.
La otra cara de la moneda es Edmundo "Sandy" Amorós, el cubano del gran fildeo para los Dodgers en la Serie Mundial de 1955. "Jugó apenas cinco años y murió a los 62. No firmó muchas pelotas. Una de él valdría mucho más y es muy difícil de conseguir." La escasez, en este caso, es un factor clave en el valor.
La pandemia trajo consigo un fenómeno interesante para el mundo del coleccionismo. Con la gente encerrada en casa y los cheques de estímulo, muchos "revisaron sus trasteros y encontraron cosas olvidadas, entre ellas artículos deportivos, y los pusieron a la venta. También surgió un nuevo tipo de coleccionista, al que le llamo ‘inversionista’, que compra para especular o revender".
¿Qué hará Orestes con su vasta colección? "Mi sueño es ponerlas al alcance del público, tal vez en un museo, para que las nuevas generaciones conozcan la historia del deporte cubano", confiesa.
Mientras tanto, algunas de sus piezas duplicadas ya están disponibles en eBay, en la página "Ankuba". Sin embargo, hay una pelota de la que jamás se desprendería: la que le firmaron algunos jugadores que le dieron el título olímpico a Cuba en Atlanta 1996. "Tiene un valor sentimental enorme, porque presencié el juego por el oro contra Japón sentado encima del banco de los cubanos".
Después de más de 40 años coleccionando, Orestes Chávez reflexiona: "Cuando uno emprende algo que le gusta, no lo ve como un trabajo. Pero ahora me digo, ‘guao, lo conseguí’. Y agradezco a mis padres por acompañarme muchas veces en ese objetivo de recolectar las firmas. Jamás podré agradecérles lo suficiente".
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