
Gustavo Moré Cárdenas, un lanzador derecho de los equipos de La Habana en la década de los setenta, no tuvo un comienzo idílico en las Series Nacionales cubanas. En sus primeras tres temporadas, solo había iniciado cinco juegos y completado ochenta entradas, cosechando apenas tres victorias y encajando cuatro derrotas.
Tanto en su debut en 1974 con Industriales (donde lanzó 19,2 entradas) como en 1975 (10,1 entradas con Agricultores), Moré no entraba en los planes de nadie. Calentaba la banca casi todas las noches y pensaba si, en realidad, se había equivocado de carrera.
Para salir de ese ostracismo, Moré adoptó una costumbre particular. Cada vez que llegaba a las ciudades y pueblos para enfrentar a sus rivales, salía del hotel y se iba a conocer la zona a pie. A veces solo, otras veces acompañado de jugadores que vivían su mismo calvario, peloteros que no eran tomados en cuenta, como Radamés Maceo, Ramón Luna y Reinery Amaro.
Por eso, se ganó el apodo de “La Flecha”, cortesía del también pitcher Walfrido Ruiz.
“Él me decía que yo era como una flecha, de aquí para allá”, cuenta Moré, riendo.
Cuando llegó la II Serie Selectiva de Béisbol en 1976, un fuerte torneo que agrupaba a los mejores jugadores de la isla, Moré no imaginó que su suerte estaba por cambiar tras ser escogido para representar al Habana.
Él mismo relata el momento crucial:
“El mentor Roberto Ledo, con mucha experiencia y que siempre te hablaba claro, me llamó a poco de iniciada la Selectiva y me dijo: ‘Mira, tienes fama de caminante, de llegar a las provincias y perderte, porque sales a zapatear los pueblos…’”.
La respuesta de Moré fue directa: “Es que no me ponen a lanzar, dame la oportunidad y verás los resultados”.
Ledo sentenció: “Bueno, prepárate porque le lanzarás a Las Villas la semana que viene. Este año sí vas a pitchear”.
El jueves 25 de marzo de 1976, en el decimotercer encuentro del Habana, Moré tuvo su gran oportunidad.
En un gran duelo contra Rolando Macías, derrotó a Las Villas 2x1 en el estadio ‘Augusto César Sandino’, con solo dos hits permitidos en todo el trayecto (uno de ellos, el jonrón de Antonio Muñoz en la misma primera entrada).
A partir de ahí, se convirtió en la principal carta de triunfo de los marrones, por encima de los ya consagrados Santiago Mederos, Oscar Martínez y Florentino González.
En esta mejoría cualitativa mucho tuvo que ver el aporte de 'Changa' Mederos, cuyos consejos marcaron un antes y un después:
“Me enseñó a tirar la curva, a ‘esconderla’. Yo la ‘enseñaba’ mucho durante el lanzamiento y él me corrigió eso”, agradece Moré.
Moré superó a astros del pitcheo en efectividad. El líder fue Omar Carrero (0.62), seguido por Isidro Pérez (0.88), y luego Moré. Lanzadores de la talla de Braudilio Vinent (1.35), Gregorio Pérez (1.76), Rogelio García (2.23) y otros quedaron por detrás.
Moré nació hace 72 años en la localidad habanera de San Felipe, en Quivicán. Su familia se mudó a Batabanó cuando él tenía 15.
El batazo, un extrabase, ocurrió el 8 de enero de 1975, cuando se la botó a Armando González, de Forestales. Esto sucedió a pesar de que el mánager Orlando Leroux le había ordenado que no hiciera swing al siguiente lanzamiento.
“Me tiró un caramelo y la saqué sobre el muro del jardín izquierdo. En el dugout todos se echaron a reír”, rememora Moré.
Tras pasar la temporada 1975-76 sin mostrar aún su calidad (2 éxitos y 2 fracasos, con 3,24 PCL), vino el memorable "campanazo" en la Selectiva de 1976.
Pese a su excelente actuación en la Serie Selectiva de Béisbol de 1976, Moré nunca tomó un avión hacia torneos internacionales, aunque fue convocado en cinco ocasiones para la preselección nacional.
“Cuando el Mundial de Cartagena 1976 estuve cerca de quedar en el equipo; me habían tomado las fotos para el pasaporte, las medidas de los uniformes, y el llamado final nunca se produjo”, narra.
Tampoco viajó al Torneo de la Amistad en Panamá. Los seleccionadores prefirieron llevar a lanzadores que no lo hicieron mejor que Moré en el referido certamen.
Estas injusticias lo descolocaron. Entre la pausa de la Selectiva de 1976 y la Serie Nacional siguiente, Moré se refugió en juegos de manigua sin respetar los días de descanso. Esto le provocó una lesión en el codo. Aunque regresó a la pelota grande, ya no fue el mismo y colgó los spikes una vez finalizada la Serie Selectiva de Béisbol de 1978.
Una vez alejado del béisbol cubano, Moré tomó el control de su vida y cumplió su sueño de conocer el mundo.
Tuvo que dejar temporalmente a su esposa e hijos con sus visados en La Habana por falta de dinero para los pasajes. “Trabajé muy duro para reunir los recursos y poder traerlos”, recuerda.
A sus 72 años, ya jubilado, vive en West Palm Beach, Florida. Y sigue trabajando. “El dinero del retiro no alcanza”, suelta con franqueza.
A una hora de Miami, tal vez lo veamos en febrero en el tradicional encuentro entre peloteros cubanos. Si eso sucede, tendría asegurado su lugar como abridor.
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