Entre el recuerdo de una existencia en los terrenos del beisbol cubano y la nostalgia de lo que pudo ser y no fue en los estadios del profesionalismo, el legendario Pedro Chávez llega hoy a su 90 cumpleaños.
El pelotero más picante de los años sesenta en las Series Nacionales, bujía de los multicampeones Industriales que dirigió Ramón Carneado, llegó a la vida el siete de junio de 1936 en el poblado habanero La Salud, de donde se mudó a su patria chica de toda la vida, Santiago de las Vegas.
¿Por qué Pedro Chávez no fue profesional?
Con solo 16 años cumplidos, Pedro Chávez ya jugaba como amateur en la Liga de Quivicán, de ahí pasó a la Unión Atlética y más tarde a la recordada Liga de Pedro Betancourt, donde ganó la Triple Corona de Bateo.
Talento le sobró para vivir de la pelota. De hecho en dos ocasiones le propusieron probar fortuna en el beisbol norteamericano, pero él desechó las oportunidades “porque no quería dejar atrás a mis padres”, según confesó en entrevista concedida a Cibercuba.
Así, Pedro Chávez desarrolló toda su carrera en el beisbol cubano, brillando por igual en los campeonatos domésticos y el equipo nacional, y lo mismo como jugador que como manager.
Junto al poder de Miguel Cuevas, la curva de “Changa” Mederos y el tacto de Urbano González, su habilidad para pegar indiscutibles fue uno de los sellos distintivos de aquellos torneos que tuvieron la compleja misión de relevar a las Ligas Invernales en el gusto de la fanaticada.
La brillante carrera de Pedro Chávez
Le tocó llegar un poco tarde, con 26 años a cuestas, pero halló tiempo para ganar dos coronas de bateo, merecer un premio al Más Valioso y encabezar departamentos como hits, triples, carreras impulsadas y bases por bolas intencionales.
Con bate de madera y ante un pitcheo selecto, Pedro Chávez promedió .287 a lo largo de ocho campañas en el máximo nivel del beisbol cubano, lapso donde tuvo que lidiar con importantes lesiones en la rodilla, el hombro y el brazo de tirar, esta última causante de su paso de los jardines a la primera base.
Siempre como tercero o cuarto del lineup, con la franela de las cuatro letras dirimió torneos de carácter regional y planetario, conquistó varios premios individuales y sentó average global de .360. En la memoria de los que peinan canas quedaron grabados sus dos cuadrangulares contra Estados Unidos en el juego decisivo de los Panamericanos de 1963.
Una vez retirado, Pedro Chávez llevó las riendas de los equipos nacionales juvenil y de mayores, y en los certámenes de casa sentó cátedra desde los dugouts de Metropolitanos, Habana e Industriales, con los que se impuso en par de Series Nacionales, incluida la del inolvidable jonrón de Agustín Marquetti en 1986.
Hecha la síntesis de su excepcional trayectoria en los diamantes, solo resta felicitar de todo corazón a Pedro Chávez, una de esas reliquias que dan fe de los viejos buenos tiempos del beisbol cubano.
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