¿Cómo se levantó el Coloso del Cerro? 80 aniversario del Gran Stadium de La Habana
Hace 80 años, La Habana inauguró una joya arquitectónica que transformó el béisbol cubano. Su historia revela la ambición, el ingenio y la iniciativa privada que hicieron posible su construcción.

Hace 80 años, La Habana inauguró una joya arquitectónica que transformó el béisbol cubano. Su historia revela la ambición, el ingenio y la iniciativa privada que hicieron posible su construcción.
Ocho décadas después, el Latinoamericano conserva las huellas de una obra que trascendió el deporte. Su historia recuerda el legado de quienes levantaron un símbolo de la ingeniería y el orgullo cubano.
El 25 de octubre de 1946, el párroco del Cerro, monseñor Alfredo Müller, bendijo la nueva estructura de hormigón y acero levantada en la capital cubana. Al día siguiente, 26 de octubre, el coloso abrió formalmente sus puertas para acoger su primer juego oficial y su gran inauguración. Ochenta años atrás, la cimentación de aquel recinto, bautizado como Gran Stadium de La Habana como un tributo a la capital y concebido para el orgullo y disfrute de todos los cubanos, transformó el panorama deportivo de la isla y nació como un esfuerzo genuino de iniciativa privada, de ingeniería nacional y de visión urbanística.
Los dos jóvenes impulsores del proyecto
El proyecto nació de la pasión por el béisbol de Roberto «Bobby» Maduro y Miguel «Miguelito» Suárez Jr., quienes decidieron dar el paso tras comprobar el fervor de la afición. Con el respaldo de un estudio de Mestre y Compañía, sumaron al padre de Miguelito, Miguel A. Suárez León. A sus 52 años, él aportó una vasta experiencia acumulada desde 1925 en el Hipódromo de Oriental Park y en otros negocios, por lo que asumió la presidencia de la Compañía Operadora de Stadiums S.A. para liderar la obra. Precisamente, su hijo Miguelito y Bobby Maduro estarían en la vicepresidencia. La directiva se completó con el Dr. Juan R. Arellano en la secretaría, el Dr. Néstor G. Mendoza y Párraga en la vicesecretaría, y como vocales el Dr. Julio Sanguily, Luis de Armas, Aquilino Entrialgo y Bolado y el Dr. Julio Batista. Por su parte, la administración diaria de la instalación quedó en manos de Andrés Fernández Morell y Francisco J. Sierra.
Previo al camino independiente, los promotores tantearon una alianza corporativa en noviembre de 1945 con Julio Blanco Herrera para crear la sociedad Stadium Tropical y Cristal, S. A. El plan preveía un capital de un millón de pesos, un directorio liderado por Blanco Herrera junto a Miguel A. Suárez, Agustín Batista y Bobby Maduro, y el uso de terrenos arrendados a Gómez Waddington para administrar conjuntamente La Tropical y el nuevo parque bajo la exclusiva de la Cervecería Tropical. Ante la negativa de la cervecera a condicionar el acuerdo a la venta exclusiva de sus productos, la directiva optó por la absoluta independencia.
Diversas ubicaciones pasaron por el análisis inicial, desde parcelas cercanas al antiguo Almendares Park en el Vedado hasta zonas en Rancho Boyeros. Una opción en el Reparto del Pontón, junto a la vieja Arena Cristal, se desestimó porque su aforo máximo se limitaba a 22,000 espectadores sin margen de expansión.
El emplazamiento definitivo recayó en los límites del cerro, sobre terrenos pertenecientes en su mayoría al convento de Santovenia. Tras negociar con las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se pactó un arrendamiento por 60 años bajo la estipulación de que el estadio pasaría a ser propiedad del asilo al vencer el plazo. Dado que Obras Públicas reservaba el área para la futura Ciudad Deportiva, el ministro José San Martín concedió las licencias al comprobar que la inversión privada constituía el cimiento de ese complejo estatal.
"Con capital netamente cubano se le ha dado al deporte en nuestra patria una verdadera joya, sin dejar que un concepto excesivamente conservador abra campo al dinero ajeno." — Roberto "Bobby" Maduro (26 de octubre de 1946)
Para sostener financieramente la obra, la junta reunió un capital social de entre 1,400,000 y 1,500,000 pesos aportado por 58 accionistas, además de emitir bonos respaldados por The Trust Company of Cuba y la Compañía Cubana de Fianzas. Las acciones se cotizaron en la Bolsa de La Habana a 103 y 105 puntos antes del estreno, un fenómeno inusual en el mercado financiero local.
Planos, construcción y detalles técnicos
La ceremonia de la primera piedra se celebró el 5 de febrero de 1946, mientras que los trabajos efectivos de movimiento de tierras y excavación se llevaron a cabo en abril de ese año bajo la ejecución de la Frederick Snare Corporation, firma con arraigo en Cuba desde 1902 y dirigida en la isla por Manuel Gamba. El diseño general quedó en manos del destacado arquitecto cubano graduado en Harvard, Max Borges Jr. El profesional consagraría más adelante su talento en obras icónicas de la arquitectura moderna de la isla, como el Cabaret Tropicana (1951) y el Club Náutico de La Habana (1953). Para acometer este encargo, Borges Jr. había recorrido previamente en 1944 estadios en Ciudad de México, Los Ángeles, San Francisco, Chicago, Ann Arbor y Atlanta, con el propósito de proyectar un complejo deportivo de vanguardia internacional en la capital cubana.
La Concretera Nacional vertió más de 5,000 metros cúbicos de hormigón armado en las gradas, y la American Steel Company ensambló la estructura metálica de la cubierta.
Mario Mendoza y René Díaz de Villegas diseñaron el terreno de juego, con la colaboración de Julián Andia (técnico del Country Club y encargado de la zona de los jardines del nuevo terreno) y el capataz Pablo Velázquez con un grupo de 80 trabajadores. Las condiciones pantanosas debidas al paso de la antigua Zanja Real exigieron un drenaje profundo a base de tubos cubiertos por capas de rajón de 0.35 metros y piedra picada de 0.20 metros, recurso que garantizaba la rápida absorción del agua para impedir suspensiones por lluvia.
Sabiendo que los jardines por la parte del infield iban a estar sometidos a mayor desgaste, cultivaron los viveros para esa zona del campo con un abono especial. El cuadro interior incorporó una mezcla de arcilla, coco y arena para optimizar la visibilidad nocturna y proteger los uniformes de las manchas. La capa vegetal combinó arena con tierra roja de Matanzas (Matanzas Clay) en proporción de tres a uno. Con la dirección de Fernández Morell y la labor del ground-keeper Alfredo "Pájaro" Cabrera, estelar expelotero, los operarios utilizaron motoniveladoras y tractores para implantar hierba fina en las praderas y la resistente variedad «pelo de camello» en las inmediaciones de los dugouts y las líneas de foul. Las distancias oficiales se fijaron en 340 pies por las bandas y 420 pies hacia el jardín central.
El montaje eléctrico corrió a cargo del ingeniero Luis F. Demestre, quien ya había trabajado en la iluminación del Capitolio y en las instalaciones de la Nicaro Nickel Company. Demestre colocó 500 reflectores de 1,500 vatios repartidos en ocho torres de acero, lo que aseguraba 100 pies-bujía en el infield y 50 en los jardines. La demanda total alcanzaba los 1,200 kilovatios, un consumo similar al de una central azucarera electrificada. En los pasillos interiores usaron focos prismáticos Holophane. Para evitar cortes durante los juegos nocturnos, la Compañía Cubana de Electricidad tendió dos líneas independientes de 13,200 voltios desde sus subestaciones: si una fallaba, la otra mantenía el servicio.
La capacidad total del estadio fue concebida para 35,080 espectadores, distribuidos en un área cubierta de 30,080 localidades (que incluía 1,630 sillas en palcos, 6,700 sillas preferentes y 21,850 en gradas), además de 5,000 espacios en la zona de sol. Para garantizar una óptima gestión del público, la gerencia instaló 22 taquillas de entrada rápida en la fachada y coordinó la llegada del transporte mediante 25 rutas directas de ómnibus y tranvías que pasaban por la zona, las cuales se conectaban con otras 47 líneas de transferencia procedentes de La Habana Vieja, el Vedado y Santos Suárez.
Red comercial e industria local
El proyecto impulsó un circuito económico estrechamente ligado al sector productivo nacional. Ricardo Orta y Armando Urra adquirieron la concesión gastronómica por 100,000 pesos para operar siete barras asistidas por 250 empleados uniformados y una nómina mensual de 30,000 pesos (unos $30,000 USD para la época).
Los talleres de Luyanó de La Cafetera Nacional, propiedad de Juan Hernández y José Maceda, fabricaron una máquina de café dotada de un sistema de aire comprimido y filtros de magnesia capaz de despachar 20,000 tazas en dos horas sin depender de importaciones estadounidenses.
El suministro abarcó dulces de Cuba Industrial y Comercial («La Estrella», dirigida por Felipe Navia Cuscó) y repostería «Nenita». El mobiliario de acero provino de los talleres de Pumpido y López en el Cerro; la caja fuerte principal fue colocada por R. Benavides-Lewis, y una antigua carbonería situada en la esquina de Sarabia y Zequeira se adaptó como el Bar Regia y el Base Ball Bar.
Planificación continua y proyección internacional
Desde su fase de diseño, la directiva concibió el parque bajo la premisa de mantener una actividad ininterrumpida todo el año. Con la administración interna a cargo de Fernández Morell, el recinto se estructuró para operar de forma continuada, asumiendo la propia empresa la promoción de eventos desde carteles de boxeo, funciones de circo y otros eventos deportivos y culturales.
La Compañía Operadora de Stadiums S.A. negoció de inmediato, antes de ser inaugurada la obra, integrar los juegos de la Liga Cubana de Béisbol Profesional, la presencia de la liga femenina norteamericana (AAGPBL), la Liga Internacional de la Florida como casa de los Havana Cubans en su debut de 1947, la presentación del campeón de boxeo Joe Luis y el entrenamiento primaveral de los Dodgers de Brooklyn en ese mismo año con más de sesenta jugadores, incluyendo a Jackie Robinson, además de series frente a los Yankees de Nueva York, los Senadores de Washington, los Medias Rojas y la sucursal de Montreal.
Un testigo en sombras
Tras la confiscación estatal del inmueble, decretada entre 1961 y 1962, el recinto pasó a llamarse Estadio Latinoamericano. En 1971 se ampliaron sus graderíos de concreto para elevar la capacidad a 55,000 espectadores, reduciendo las dimensiones del campo a 325 pies por las bandas y 400 por el centro.
Aquella ambiciosa planificación de 1946 no solo dio vida a un complejo deportivo autosostenible y dinámico; representó, ante todo, una victoria de la voluntad sobre la adversidad. Sosteniendo el pulso frente a los retrasos de suministros externos y la sombra de un temporal de lluvias y un ciclón que amenazó con malograr la obra, los constructores y promotores elevaron el coloso en apenas ocho meses. Ese esfuerzo sin tregua consolidó la grandeza de la infraestructura y el triunfo definitivo del capital y la ingeniería de la República, cuyo imponente estadio, a pesar del peso del tiempo y de las décadas de ruina institucional, aún sigue en pie.
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