El partido de exhibición entre el equipo Cuba Independiente de la FEPCUBE y el Miami Dade Collage Sharks, está siendo todo un éxito. No solo se llenó el estadio Demie Maineri Baseball Field localizado en “Miami Dade College North Campus”, sino que se está viendo mucha calidad sobre la grama de un lado y de otro.
Pero si tenemos que marcar un momento mágico de la primera parte del choque es, sin dudas, la llegada al montículo del veteranísimo lanzador de 54 años Edilberto Oropesa. Eddie, como se le conocía, llegó a MLB en el año 2001, con 29 años y tras cuatro temporadas con Philadelphia Phillies, Arizona Diamondbacks y San Diego Padres, trabajó 92 entradas con efectividad alta de 7.34.
Pero más allá de sus números, a Oropesa se le recuerda por abandonar una delegación cubana saltando la cerca del campo de entrenamiento. Por esa razón nunca pudo vestir la franela del equipo Cuba, por lo que esta oportunidad representaba un sueño cumplido.
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Edilberto Oropesa protagonizó el momento más emotivo de la noche
Edilberto Oropesa entró a lanzar en la alta de la tercera entrada sustituyendo al abridor cubano Pedro Echemendía. El choque marchaba cero a cero tras un duelo entre él y el también cubano Ervis Solís en los dos primeros episodios.
Eddie entró con un control increíble y con apenas tres envíos ponchó al antesalista de Miami Dade y noveno bate Adrián Paviones, ante el delirio de la afición reunida en ese centro universitario.
Por si esto fuera poco, le tocó enfrentar a un compatriota, Maikol Pérez, hijo del otrora lanzador villaclareño Yosvany Pérez. Al primer bate del Miami Dade lo trabajó igualmente con lanzamientos en las esquinas y para sorpresa de todos, lo retiró por la vía de los strikes.
El momento más emotivo de la noche llegó cuando el manager Brayan Peña lo extrajo del box. Con lágrimas en los ojos de emoción caminó hacia la banca donde lo recibió todo el equipo de FEPCUBE.
Cuando se le entrevistó, Edilberto Oropesa dejó claro que para él era un sueño hecho realidad. A más de 30 años de su llegada a Estados Unidos, compartir con tantos cubanos libres y con su familia en un terreno de juego era algo indescriptible.