El imperio de los Yankees nació en Cuba

Carlos David Rojas

MLB

Detrás del ascenso meteórico de New York Yankees se articuló una alianza cervecera neoyorquina y una fortuna amasada en la isla caribeña.

Diseño con una foto del viejo estadio de New York Yankees y una imagen de Babe Ruth

En el imaginario colectivo del béisbol, el viejo Yankee Stadium (antigua casa de New York Yankees) ha sido consagrado como el monumento definitivo al poderío industrial y deportivo de Nueva York: una mole de hormigón, hierro, un recinto sagrado y universalmente conocido como «La Casa que Ruth construyó». Sin embargo, los registros históricos revelan una verdad fascinante. Los cimientos reales de la organización más laureada del deporte no se colocaron en los despachos de Wall Street ni en los salones de la alta sociedad de Manhattan, sino a miles de kilómetros al sur, en los muelles y acueductos de Cuba de comienzos del siglo XX.

Detrás del ascenso meteórico de los Yankees se articuló una alianza improbable entre la aristocracia cervecera neoyorquina y una fortuna amasada en la isla caribeña tras la guerra hispano-cubano-norteamericana. Fue el capital generado por grandes obras de infraestructura, junto con una experiencia técnica afinada bajo el sol de las Antillas, lo que permitió financiar la llegada de Babe Ruth y concebir el primer gran coliseo del deporte moderno.

El ingeniero que llegó con la guerra

El protagonista de esta trama es el capitán Tillinghast L’Hommedieu Huston, ingeniero civil nacido en Cincinnati, dotado de una notable pericia en obras hidráulicas y construcción a gran escala. Al estallar la contienda en 1898, Huston organizó su propia compañía de ingenieros, incorporada al Segundo Regimiento de Voluntarios del Ejército de los Estados Unidos.

Tras desembarcar en La Habana en diciembre de ese mismo año, su labor fue tan técnica como humanitaria. Asumió el mantenimiento del sistema de acueductos de la capital y encabezó mejoras sanitarias urgentes en los leprosarios de la isla, en un contexto marcado por la precariedad heredada del período colonial. Su eficiencia y disciplina llamaron la atención de las autoridades militares, hasta el punto de convertirse en asesor directo de Leonard Wood, gobernador militar de Cuba. No obstante, el punto de inflexión llegó en 1901 cuando, tras renunciar al ejército, Huston decidió establecerse en la isla como contratista privado.

Huston en la Cuba republicana

Durante su prolongada estancia en la Mayor de las Antillas, Huston no solo consolidó su carrera empresarial, sino que también profundizó su vínculo con el béisbol. En La Habana trabó una estrecha amistad con John J. McGraw, legendario mánager de los New York Giants, a quien solía acompañar en tardes de pelota desde la glorieta del Almendares Park. Aquella relación reflejaba la imbricación temprana entre el béisbol profesional estadounidense y el circuito caribeño.

Mientras cultivaba esa pasión, Huston, en sociedad con Norman Davis, modernizaba la joven república mediante la construcción de ferrocarriles, carreteras y edificios públicos. El clímax de su éxito financiero llegó en 1911, cuando el gobierno cubano le otorgó un contrato de diez millones de dólares, una cifra que hoy superaría los 330 millones, para el dragado de los puertos estratégicos de La Habana, Santiago de Cuba, Cienfuegos y Matanzas.

Aunque el acuerdo sufrió reveses políticos tras el cambio de gobierno en 1913, para entonces la fortuna de Huston era inmensa. Su regreso a Nueva York se produjo no solo como el de un hombre rico, sino como el de un empresario con experiencia probada en proyectos de escala continental.

Diseño de un articulo con la imagen de Tillinghast L’Hommedieu Huston en La Habana

El encuentro que cambió el destino del béisbol

De vuelta en los Estados Unidos, Huston, conocido entre sus contemporáneos como «Cap» o «el hombre del sombrero de hierro», intentó primero adquirir a Chicago Cubs. Tras fracasar en dicha negociación, un amigo común facilitó su encuentro con Jacob Ruppert, heredero de una poderosa dinastía cervecera y figura prominente de la élite neoyorquina.

En diciembre de 1914, ambos sellaron una alianza decisiva: la compra, por cerca de medio millón de dólares, de los entonces mediocres New York Highlanders. El equipo, desplazado tras el incendio de su estadio, jugaba como inquilino de los Giants en el Polo Grounds. Con los nuevos dueños llegó un cambio simbólico y definitivo: la franquicia adoptó oficialmente el nombre de Yankees.

Jacob Ruppert, el juez Kenesaw M. Landis, Tillinghast L’Hommedieu Huston, Harry Frazee y el abogado y político Edward Joseph Flynn, en el Yankee Stadium, 18 de abril de 1923

El coloso del Bronx y la pericia técnica

La ambición de los nuevos propietarios se manifestó pronto en el movimiento más audaz de la historia del deporte: la adquisición de Babe Ruth desde Boston por la entonces exorbitante suma de 125,000 dólares. El impacto fue inmediato, provocando la hostilidad de los Giants, quienes veían con preocupación el ascenso de sus antiguos inquilinos.

La respuesta de los Yankees fue radical: construir su propio recinto. Fue en este punto donde la ingeniería de Huston, forjada en los puertos de Cuba, resultó determinante. El capitán supervisó directamente los planos y la ejecución de la obra, concebida como un coloso moderno al otro lado del río Harlem. En 1923 se inauguró el Yankee Stadium y, ese mismo año, el equipo conquistó su primera Serie Mundial, sellando la unión definitiva entre arquitectura, capital y éxito deportivo. Poco después, Huston se retiró vendiendo su participación a Ruppert por 1,25 millones de dólares.

Fotografía de Tillinghast L’Hommedieu Huston (1867–1938), conocido como Cap Huston, copropietario del equipo de béisbol que pasó a denominarse New York Yankees entre 1915 y 1922

Ruppert aportó el rostro público, pero la estabilidad institucional fue el capital generado en Cuba y la pericia técnica de Tillinghast Huston lo que permitió a la franquicia abandonar la mediocridad estructural.

Sin los contratos de acueductos y del dragado portuario en La Habana, el Yankee Stadium difícilmente habría sido concebido con tal solvencia. En última instancia, la mística de los «Bombarderos del Bronx» guarda una deuda silenciosa con el Caribe. Bajo el sol de Cuba se forjó no solo una fortuna, sino también la posibilidad material de que naciera la Catedral del béisbol. Una verdad esencial para comprender cómo se levantó, realmente, el imperio de New York Yankees.

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