La mordida de un perro benefició a leyenda cubana

Por Yasel Porto

Cuando alguien me dice que la suerte no existe, ejemplos como éste son a mi criterio de los más oportunos para señalar que en el béisbol como en el resto de las esferas de la vida no basta solamente con tener talento.

Una mordida de un perro jamás podrá ser algo favorable para nadie, a no ser que ese alguien esté relacionado con una acción delictiva o de agresión a otra persona en desventaja por determinado motivo.

Sin embargo, una de las grandes estrellas que ha tenido la pelota cubana se benefició precisamente de la acción agresiva de un canino. Hecho, que por cierto, fue muy bien recibido por muchísimos compatriotas de este legendario exlanzador. Claro que no es correcta la actitud en tal sentido, pero fue la realidad que aconteció en ese momento por las consecuencias que la trajo al mismísimo Orlando “El Duque” Hernández.

La situación con el canino se produjo en 1998 y “El Duque” fue protagonista directo, aunque por fortuna para él se encontraba a cientos de millas de distancia. Y es que el perro a quien dañó fue a un dueño que en ese instante era uno de los ases en la rotación de pitcheo de los Yankees de Nueva York.

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Se trataba del estelar David Cone, quien fue atacado en el dedo pulgar de su mano derecha de lanzar por la mascota de su madre, una joven perrita llamada «Verónica», que lo llevó a la lista de lesionados y de esa forma abrió las puertas al cubano para que así pudiera debutar en las Grandes Ligas el 3 de junio de 1998.

Un detalle curioso es que cuando murió el animalito 16 años después, el ya exlanzador norteamericano publicó un twitt bien peculiar donde se incluía a «El Duque». Según escribió más adelante Cone la causa del deceso fue natural como quizá la mayoría imaginarán a partir de su longevidad.

Lo verdaderamente significativo fue que un ejemplar canino tan diminuto haya sido capaz de sacar de circulación a David por al menos una semana. Un motivo más para tener en cuenta cuando se defienda al factor suerte en el ámbito deportivo. Según contó en una ocasión el hombre catalogado como uno de los mejores pitchers de su liga en aquel momento, «Verónica» pensó que él la estaba atacando cuando en realidad lo que quería era jugar con ella.

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“El Duque” había sido contratado ese mismo año por los Mulos (6.2 millones por seis temporadas) y hasta el momento del problema entra Cone y el citado perro había permanecido todo el tiempo en las Menores. En el momento del ascenso acumulaba 7-1 entre la clase A alta y sobre todo la AAA.

El estreno del popular pitcher de los Industriales y el equipo Cuba fue impecable. Le tiró siete innings con apenas una carrera, cinco hits y siete ponches a los entonces Devil Rays de Tampa Bay en el viejo Yankee Stadium. Su equipo lo defendió lo suficiente para acabar con triunfo de 6×1 en su primera aparición en el mejor béisbol del mundo.

Pero el daño sufrido por David no fue tan grave como para que Orlando tuviera una segunda salida consecutiva en su lugar. Sin embargo, la suerte iba a estar del lado del cubano durante toda la temporada y por mucho tiempo más.

Momento en el que «El Duque» Hernández debutaba en las Grandes Ligas

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El otro David del staff de los dirigidos por Joe Torre, Wells, fue quien salió de circulación por una lesión un poco más delicada que lo acontecido con su tocayo. Para el mítico número 26 cubano eso representó un nuevo impulso para demostrar que su llegada al llamado “big show” sería para brillar durante varios años.

“El Duque” no solo se convirtió en parte de la rotación de los neoyorquinos, sino que fue el lanzador más exitoso del club en la segunda parte de la campaña. Cerró con balance más que positivo de 12-4 y efectividad de 3.13, y en los playoff abrió y ganó dos juegos trascendentales. El primero en la Serie de Campeonato para que Yanquis empataran con los Indios 2-2 y posteriormente en el juego 2 del Clásico de Otoño frente a los Padres de San Diego.

Los inquilinos del Bronx ganarían esa Serie Mundial y lo mismo harían las dos siguientes campañas con el protagonismo, entre otros, del mítico lanzador habanero.

Es probable que de no haber existido el suceso entre David Cone y su perro, Orlando recibiría la llamada más tarde o más temprano. Por el propio David Wells una semana después, pero la película podía haber sido diferente. Eso nadie lo sabrá porque es parte de un pasado totalmente subjetivo.

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Lo único real fue aquel ascenso a la cima que para algunos fue una casualidad extraordinaria, mientras otros consideran que era parte de un destino digno de un buen guión cinematográfico. Y si a eso sumamos que solo unos meses atrás se encontraba suspendido en Cuba y con un horizonte dentro del deporte copado por la desesperanza, ya con 32 años de edad, cobra muchísimo más dramatismo la película que nunca se ha hecho en su honor.

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