El debate sobre el mejor boxeador cubano de la historia suele estar secuestrado por el romanticismo y el adoctrinamiento político. Casi de memoria, se repiten los nombres de Kid Chocolate o Teófilo Stevenson. Sin embargo, un análisis desapasionado, guiado por el rigor histórico y la objetividad, nos lleva a otro nombre: José Ángel «Mantequilla» Nápoles. Mientras la prensa de la Isla ignoraba su legado para centrar su narrativa en el boxeo amateur, Nápoles se erigía en la cumbre absoluta de este deporte: el profesionalismo. Su reinado en las 147 libras no solo eclipsa a cualquier compatriota, sino que lo consolida como uno de los mejores pesos wélter de la historia.
Su trayectoria profesional de 17 años (1958-1975) dejó una marca impecable de 81 victorias (54 por KO) y 7 derrotas, sin empates. Se coronó dos veces campeón mundial indiscutido del peso wélter (147 libras) y defendió la corona con éxito en 13 ocasiones. De sus 18 combates de campeonato mundial, ganó 15, registrando 14 triunfos en peleas por títulos unificados. Estos logros ocurrieron en la que se considera la división más competitiva de la historia por su alta concentración de peleadores legendarios. La revista The Ring (2007) lo ubicó en el puesto 32 entre los 100 mejores boxeadores de todos los tiempos, y Bleacher Report (2018) en el lugar 28. Creo, sin temor a equivocarme, que su palmarés habla por sí solo, sin espacios a las dudas ni subjetividades.
Primer Asalto: En Cuba
El viaje comenzó en Santiago de Cuba el 13 de abril de 1940. En un gimnasio frente a la casa de su padre, forjó un estilo propio y elegante. Durante décadas se pensó que su célebre sobrenombre de «Mantequilla» había nacido como un homenaje a esa técnica fluida y elástica sobre el ring; sin embargo, el propio boxeador explicó en la entrevista Entre amigos con Horacio Manzano (2015) que el alias surgió por un simple error del público y la prensa local antes de una de sus primeras peleas como amateur, al confundirlo con su hermano Pedrito, a quien llamaban por ese apodo en el barrio.
Durante décadas, las enciclopedias erraron al fechar su debut el 1 de agosto de 1958. Sin embargo, en mi revisión de la prensa de la época para este artículo, certifiqué que el estreno profesional de Nápoles ocurrió la noche del sábado 2 de agosto. Encargado de abrir la velada en un pleito pactado a cuatro asaltos contra Julio Rojas, la crónica documentó que el santiaguero inició «con un entusiasmo de mil demonios». Tras derribar a Rojas a los pocos instantes de sonar la campana, el árbitro detuvo el combate en ese mismo primer capítulo por nocaut técnico. Aquel bautismo de fuego fue el inicio de una carrera que, de inmediato, lo integró a una brillante generación de púgiles cubanos que incluía a Luis Manuel Rodríguez, Douglas Vaillant, Ángel «Robinson» García y Florentino Fernández.
Tras este inicio, hilvanó siete victorias consecutivas que se cortaron el 22 de agosto de 1959 ante Hilton Smith, ante quien cayó por puntos en su único revés en la Isla. Aquella fue su primera aparición en turnos estelares, en una velada que tuvo como promotor al narrador deportivo Felo Ramírez, futuro miembro del Salón de la Fama del Béisbol.
Los puños desterrados
Apenas tres años después de su debut, Nápoles ya era una realidad latente; registraba 18 combates, 17 victorias y un solo revés. Contrario a los registros boxísticos tradicionales que ubican su despedida en el programa del 2 de junio de 1961 ante Ángel «Robinson» García, mi revisión de la prensa de la época constató que su última presentación en Cuba ocurrió el sábado 4 de noviembre de 1961 en el Coliseo de la Ciudad Deportiva de La Habana. Esa noche, el santiaguero subió al cuadrilátero sin saber que jamás volvería a pelear ante su público. Su victoria ante el temido pegador villaclareño Raúl Carabeo fue, en realidad, el cierre involuntario de su historia como atleta en la Isla.
Pocos días después, el 19 de noviembre de 1961, el destino del boxeo cubano quedó sellado. Durante la clausura de la Plenaria Nacional del INDER, Fidel Castro decretó la prohibición del deporte profesional. Al atacar la compraventa de atletas como «mercancías» y los juegos de azar, el dictador sentenció que el Gobierno «se ha liberado del profesionalismo... y resolverá el problema de todas las personas que estén empleadas en esas actividades, ya que ese es un deber de la Revolución», imponiendo el modelo estatal de forma absoluta.
En diciembre de ese mismo año se consumó el exilio. Ante la inminente asfixia de su carrera, Nápoles partió hacia México junto a su representante y narrador deportivo Cuco Conde y su entrenador Alfredo Chávez «Kid Rapidez», junto a los púgiles Manolo Mora, Chico Véliz y ‘Baby’ Luis, para integrarse al programa del promotor Miguel de la Colina en elb. Dejó atrás a su esposa embarazada y cruzó el Golfo lleno de incertidumbres y sueños.
El camino hacia la corona
Su trayectoria en suelo azteca comenzó el 21 de julio de 1962, al noquear a Enrique Camarena en el segundo asalto. Así inició un camino a la corona que superó las 30 victorias mediante una exigente campaña internacional, con triunfos clave en Tokio ante Taketeru Yoshimoto y en Caracas frente a L.C. Morgan. Esas aduanas lo llevaron a un pleito definitivo el 22 de junio de 1964, también en la capital venezolana, contra el ídolo local Carlos “Morocho” Hernández. Tras caer a la lona en el cuarto asalto por una cuenta de 8 segundos, el cubano asimiló el castigo y desató un contraataque que culminó en el séptimo round, cuando arrinconó a Hernández contra las sogas y obligó al réferi Críspulo Salazar a detener el combate. La mística del guerrero quedó sellada en el camerino: aún conmocionado por el golpe recibido, Nápoles preguntó en qué round lo habían noqueado, a lo que Cuco Conde respondió: «No hables tonterías. Tú ganaste por KO».
Su consagración absoluta llegó el 18 de abril de 1969 en el Forum de Inglewood, California, al desmantelar al campeón unificado estadounidense Curtis Cokes. Con una exhibición de contragolpe, le cerró ambos ojos hasta que la pelea se detuvo en el asalto 13. Nápoles se elevaba como monarca indiscutible de la AMB, el CMB y el campeonato lineal de The Ring. Su comunión con México —país que lo rebautizó como «Mantecas»— fue tan profunda que, tras exigir que se tocara el himno mexicano, rechazó el regalo de una casa por parte del presidente Gustavo Díaz Ordaz a cambio de la nacionalidad mexicana.
La noche de Mantequilla
Con las coronas en su poder, Nápoles dictó una hegemonía absoluta en su división enfrentando a la crème de la crème del boxeo mundial. El Forum de Inglewood, el Madison Square Garden y las principales plazas de México y Europa se convirtieron en los escenarios de sus cátedras. Su primera gran prueba como monarca fue la revancha inmediata ante Curtis Cokes en la Ciudad de México, a quien despachó por nocaut técnico en diez asaltos. Pocos meses después, en Nueva York, ofreció una lección magistral de boxeo a la distancia al vencer por puntos en quince rounds al legendario excampeón Emile Griffith. Su superioridad quedó refrendada al liquidar en el último asalto al peligroso retador oficial Ernie "Indian Red" López, una víctima recurrente a quien volvería a noquear años más tarde en el séptimo round en California.
Su racha solo se vio interrumpida por un accidente médico el 3 de diciembre de 1970, cuando una profunda herida en el ojo ante Billy Backus obligó a detener la contienda en el cuarto asalto. La pérdida de los cetros fue efímera: medio año después, Nápoles tuvo su venganza al noquear a Backus en el octavo round para recuperar sus cinturones de campeón indiscutido. A partir de ahí se consolidó la leyenda. Defendió su cetro en Wembley noqueando a Ralph Charles, demolió en dos asaltos a Adolph Pruitt, dominó al francés Roger Menetrey en París y superó por puntos al canadiense Clyde Gray.
Buscando desafiar los límites físicos, el 9 de febrero de 1974 subió a los pesos medianos en París para retar al coloso argentino Carlos Monzón. La diferencia de tamaño y de peso fue un muro: Monzón marcó 159,9 lb frente a las 153,8 lb del cubano. A pesar de la velocidad de Mantequilla, Monzón impuso alcance y pegada; en el séptimo asalto, el entrenador Angelo Dundee tiró la toalla. Nápoles acusaría posteriormente al argentino de haberle introducido el pulgar del guante en el ojo. Aquella velada inspiró a Julio Cortázar a escribir el cuento La noche de Mantequilla.
Sin amilanarse, Nápoles bajó de inmediato a las 147 libras para ratificar su feudo, venciendo a Hedgemon Lewis (TKO 9), noqueando a Horacio Saldaño (KO 3) y superando en dos ocasiones por puntos a Armando Muñiz.
El último conteo
El final de su carrera llegó el 6 de diciembre de 1975 en la Plaza Monumental de México, al ceder sus coronas ante el británico John Stracey por nocaut técnico en el sexto asalto. A los 35 años, Nápoles colgó definitivamente los guantes. Atrás quedaban los días en que declaraba con orgullo poseer cientos de trajes finos y autos del año.
Aquella fortuna se evaporó rápido entre el juego y la bohemia en los cabarets de mexicanos, donde golpeó sus finanzas casi tan fuerte como a sus rivales. De su impacto en la cultura popular de la época quedaron su protagónico en la serie de fotonovelas El campeón Mantequilla Nápoles y su mítica incursión en el cine con Santo y Mantequilla Nápoles en la venganza de La Llorona (1974).
Fuera del ring afrontó la pobreza y los estragos físicos. En la penumbra de la demencia senil, Mantequilla habitaba una realidad paralela, donde aseguraba viajar a Cuba para recorrer la calle San Mateo de su infancia. Ese anhelo se cumplió el miércoles 8 de julio de 2015. Tras 53 años de exilio, «Mantequilla» regresó a La Habana para despedirse de su tierra antes de que el tiempo le borrara los recuerdos.
Mientras la prensa internacional narraba el emotivo retorno, los medios de la dictadura guardaron un silencio sepulcral: eran incapaces de procesar el regreso del rey al que intentaron borrar de la historia. El régimen prefirió cobrarle el cobarde precio del exilio antes que rendirse ante su grandeza, negándole el recibimiento que merecía un ídolo de su talla. Esa apatía oficial pisoteó las gestiones que la parte mexicana encargada del viaje había hecho ante el consulado cubano para que se le recibiera con honores, ignorando el doloroso testimonio que su esposa Bertha había dejado meses antes en la entrevista con Horacio Manzano: el deseo genuino de un campeón que solo quería volver a escuchar el aplauso de su gente.
Cuatro años después, el viernes 16 de agosto de 2019, José Ángel Nápoles falleció a los 79 años en la Ciudad de México, en casa de su hija Caridad, debido a complicaciones en su ya débil estado de salud. El Consejo Mundial de Boxeo decretó luto mundial por la partida del campeón. El mismo organismo bajo la tutela de José Sulaimán le brindó ayuda y atención médica. A este gesto se le sumó el empresario Carlos Slim.
Murió sin fortuna material, pero cobijado por la inmortalidad de sus hazañas. Su grandeza fue reconocida en California al ingresar en 1982 al World Boxing Hall of Fame (WBHF), y quedó consagrada en 1990 al entrar al Salón de la Fama de Canastota junto a Muhammad Ali y Carlos Monzón. Al final, la historia de «Mantequilla» desborda cualquier manual dogmático. Podrán esconder las filmaciones de sus peleas y prohibir su mención en los periódicos o en la televisión, pero el legado no se borra desde una oficina en el Departamento Ideológico del Comité Central. El niño que salió de Oriente para boxear con un entusiasmo de mil demonios terminó convertido en un mito indestructible. Ningún régimen, por absoluto que sea, tiene la fuerza para arrebatarle el trono al boxeador más grande que parió Cuba.
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