Memorias del ayer: Conrado Marrero, las Grandes Ligas, Cuba

Si escudriñamos en la historia del mítico club Almendares, nos percatamos de que la huella del gran Marrero es una estampa imborrable, pues Conrado brilló no solo como jugador sino como manager.

Si escudriñamos en la historia del mítico club Almendares, nos percatamos de que la huella del gran Marrero es una estampa imborrable, pues Conrado brilló no solo como jugador sino como manager.
Si escudriñamos en la historia del mítico club Almendares, nos percatamos de que la huella del gran Marrero es una estampa imborrable, pues Conrado brilló no solo como jugador sino como manager (web screen shot)

Por Alexander García

   En 1999, la visita de los Orioles de Baltimore a La Habana acaparó titulares en todo el universo deportivo; por primera vez desde 1959, un elenco profesional pisaba suelo cubano para jugar béisbol.

   Aquello fue un suceso memorable que hoy, más de 20 años después palpita en la memoria del aficionado criollo y entonces la imagen de Conrado Marrero, allí, en medio del diamante, en pleno Latinoamericano  lanzando la primera bola se vuelve más grande aún.

   Cuando este 25 de abril se cumplió un aniversario más del nacimiento del Guajiro de Laberinto el mundo del béisbol lo recordó tal como fue, un grande en el arte de lanzar.

   Para entender la proyección de Conrado Marrero es preciso remontarnos a tiempos pasados, a más de 70 años, cuando el profesionalismo marcaba la pauta en el béisbol cubano.

   Si escudriñamos en la historia del mítico club Almendares, nos percatamos de que la huella del gran Marrero es una estampa imborrable, pues Conrado brilló no solo como jugador sino como manager.

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   Pudiera empezar hablando miles de cosas interesantes sobre Conrado Marrero. Tal vez sus años con los Senadores de Washington, su decisión de estar en Cuba, con su gente, en su campo, renunciando tal vez a miles de dólares. Pero no, tome como referencia ese partido contra los Orioles, cuando la leyenda revivió para reconectar las épocas, los momentos, las viejas sensaciones, los viejos sueños.

   Aquí, en este punto, quizás por esas coincidencias del destino, el tiempo retrocede hasta 1947 y en el mismo lugar, Conrado Marrero enfrentaba a los Yankees de Nueva York y los vencía 2-1.

   Antes de aquel suceso ya Marrero era un referente dentro del circuito beisbolero cubano; atrás quedaban sus años en Santa Clara, sus primeros pasos en el amateurismo… Su entrada al club Cienfuegos con 27 años, en aquel entonces Conrado llegó de invitado, jugaba domingo tras domingo y así tras meses de esfuerzo, el hombre se quedó; de a poco, el “guajiro” se convirtió en una sensación.

   A la par de aquel juego contra los Yankees de Nueva York, una semana después específicamente, Conrado Marrero también le lanza a los Dodgers del Brooklyn y los vence 1×0, permitiendo solo cuatro hits y ponchando a ocho.

   Cuentan que su curva grande sacaba de paso a sus rivales y fue tal su control que en varias ocasiones, Marrero mando a sentar a los jugadores de la defensa pues confiaba en dar tres ponches y matar la entrada.

   Las historias y anécdotas de “Connie” como también le nombraron en sus años por Estados Unidos dan para una enciclopedia; varios cronistas aseveran incluso que ya forman parte del imaginario popular.

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   Sus facciones lo distinguen; son las facciones de un gallego, piel blanca, nariz y ojos prominentes, una sonrisa pronunciada que le da un aspecto de tipo bonachón; Conrado Marrero se muestra así, está en la cúspide de su carrera con casi 37 años. El tiempo fue atrás y…

   Con esa sonrisa se puede ver en diferentes páginas deportivas de la época, pues Marrero se erige como protagonista durante la temporada de 1947 a 1948 cuando logra balance de 12-2 con promedio de limpias de 1.12 lanzando para el Almendares.

   Unos años antes había debutado en el primer nivel de la pelota caribeña con el equipo de Oriente perteneciente a la Federación Nacional para luego pasar a las filas del ya mencionado club Almendares.

   La fanaticada de aquellos años recuerda cuando Marrero fungió como manager y jugador, logrando incluso buenas actuaciones hacia finales de los años 50 del pasado siglo.

   En su paso por el profesionalismo en Cuba, Marrero registra un balance de 69 y 43 para quedar décimo en el listado de todos los tiempos dentro de la Liga Cubana, ello a pesar de haber llegado con 35 años a este certamen.

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   En el terreno todos miran a la lomita, es el 26 de abril de 1951 y el veterano lanzador, Conrado Marrero tiene en un puño a los Atléticos de Filadelfia; el partido avanza y la sombra del no hit-no run comienza a merodear pero Barney MacCosky le pega jonrón y el sueño se desmorona. Igualmente sonríe, gana el juego 2×1, tiene 40 años y en su segundo año en las Grandes Ligas tirando para los Senadores de Washington impone su sello. Es un ganador.

   Un año antes, en 1950, Conrado había hecho su debut con el elenco de la capital estadounidense logrando una forja de seis ganados y 10 perdidos, con promedio de limpias de 4.50.

   Ya en la siguiente campaña, mejora su balance con 11-9 pero su momento cumbre llega en 1952, cuando también obtiene 11 éxitos, pierde ocho y registra un 2.88 en carreras limpias.

   Al final, en cuatro años jugados al mejor nivel, Conrado Marrero suma 39 ganados en 94 salidas, con 51 partidos completos y un PCL general de 3.67.

   Tiempo después, para enero de 1959, al momento de la entrada de Fidel Castro a La Habana, Marrero se encuentra como entrenador de los Havana Sugar Kings y es de los pocos que se queda en la Isla.

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   La imagen de Conrado Marrero se muestra otra vez como salida en un primer plano, una imagen que se descompone en varias; Marrero con Cienfuegos, con Almendares, con los Sugar Kings, con los Senadores de Washington, luego entrenando a jugadores en las primeras Series Nacionales, después en el Sandino, luego en el José Ramón Cepero, en la Copa Intercontinental de 1984, regresan esas de aquel juego contra los Orioles, en su finca… Es un personaje, un símbolo, una gloria indiscutible de nuestro béisbol y valga el homenaje.

   Nos vemos a la vuelta.

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