Fernando Sánchez con el Cuba: «Le debo a Bobby Salamanca la escalera ante Puerto Rico» (Parte II)

Acercarse a la figura de Fernando Sánchez significa revivir los momentos de mayor auge de la Serie Nacional Cubana.

Acercarse a la figura de Fernando Sánchez significa revivir los momentos de mayor auge de la Serie Nacional Cubana.
Acercarse a la figura de Fernando Sánchez significa revivir los momentos de mayor auge de la Serie Nacional Cubana.

Por Andy Lans 

   La magia de Fernando “El Increíble” Sánchez trascendió las fronteras cubanas. El toletero del matancero municipio de Jovellanos deslumbró con el uniforme de las cuatro letras. 

   El yumurino asistió a par de Campeonatos Mundiales, cuatro Copas Intercontinentales, dos Juegos Panamericanos e igual cantidad de Centroamericanos. 

   En la cita centrocaribeña de Medellín 1978, Fernando Sánchez sobresalió por completar una escalera (conectar hit, doble, triple y jonrón en un mismo partido) ante Puerto Rico. Aquel 16 de julio, anotó tres veces en un inning, donde bateó de tres-tres. 

   «El difunto narrador Bobby Salamanca se percató de la posible escalera. Yo sabía que me faltaba un tubey, pero no pensé que estimularían ese logro», recuerda. 

   «Entonces, Bobby me dijo que los organizadores del torneo prepararon un trofeo por si conseguía el llamado ciclo. Le comenté a mi hermano Wilfredo sobre el tema. Él me aconsejó esperar un lanzamiento por fuera, sin importar si era rompimiento o recta, para dirigirlo hacia la esquina». 

    Fernando nos cuenta que «abrí como segundo bateador de la entrada. Observé que al pitcher puertorriqueño los envíos le quedaban afuera, y cuando le puse el bate a su recta, el batazo salió por encima de primera. No paré de correr hasta segunda. Resultó una linda experiencia, por la que debo agradecer a Bobby Salamanca». 

   Ese año, El Increíble debutó en los Mundiales. En el certamen del orbe celebrado en Parma, compiló para 432 en 37 turnos oficiales. Disparó cinco dobles, un triple y par de vuelacercas, al tiempo que empujó seis rayitas. Sin embargo, Fernando Sánchez impresionó más en el XXVI Campeonato Mundial de Japón 1980. En la Tierra del Sol Naciente, el jovellanense el listado de incogibles conectados (21 en 47), promedió para 447, sacó seis pelotas del parque, remolcó a 14 compañeros y pisó el home en 12 oportunidades. 

   «En Japón nos afectó la temperatura, tanto, que acudí a las guantillas para batear. Por primera vez, jugamos en césped artificial y estrenamos las zapatillas Mizuno. Pero a pesar de las incomodidades, cuajé una gran actuación», acota el estelar jugador. 

   A nivel continental, Sánchez devino como artífice de la victoria de Cuba contra Estados Unidos en los Panamericanos de Puerto Rico 1979. Braudilio Vinent ganó el desafío. Fernando lideró las carreras anotadas de la justa con 11. 

   «Cada vez que me comunico con Vinent, conversamos sobre ese encuentro. Ese día, Braudilio trabajó con tremenda calidad. Nos animaba: “¡Vamos, necesito una carrera! ¡Una más!” y al final le hicimos más de una. Nosotros no sentíamos miedo por enfrentar a esos equipos». 

   En cuanto a las incursiones de Fernando Sánchez en Copas Intercontinentales, la celebrada en Amberes, Bélgica, en 1983, le deparó un papel determinante. En suelo belga, Fernando despachó cuatro jonrones, para contribuir a la consagración de la Mayor de las Antillas. 

   «Llevamos un equipazo a Amberes. Contábamos con experimentados y excelentes lanzadores. Arrasamos en aquella competencia», rememora. 

    Con tales desempeños, el interés de las franquicias de las Grandes Ligas no se hizo esperar: 

   «Cuando me encontraba en Medellín, trataron de llamarme al hotel en alrededor de cuatro ocasiones, pero nunca salí de la habitación, debido a la presencia de la seguridad. Jamás intercambié con ninguno de los scouts, pero si conocía de sus intenciones. También me enviaron notas en 1979 y 1980, pero los cubanos nos hospedábamos en los pisos más altos. Solo bajábamos a la hora de comida». 

    Acercarse a la figura de Fernando Sánchez significa revivir los momentos de mayor auge de la Serie Nacional Cubana. Sus “palos”, los robos de base, el telescópico brazo, los dorsales 1 y 53, la compañía de sus hermanos en el terreno, el tercer turno en la tanda, entre tantas otras nostalgias y postales, constituyen eternos motivos de orgullo para una Matanzas que vio en él la continuidad de una tradición beisbolera dotada de un talento indubitable.

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