Con apenas 27 años y siendo Campeón Mundial Juvenil del año 2000 en Budapest, Hungría y ex miembro del equipo nacional de Cuba, el guantanamero tenía un prometedor camino por delante en el boxeo profesional, para lo cual siempre contó con el apoyo incondicional de su coterráneo Yuriorkis Gamboa. De hecho, ganó sus cinco primeros combates por nocaut en la división de los semipesados.

Sin embargo, a pesar de lo antes mencionado, en su camino hacia Miami, Sullivan dejaba atrás a su familia y a su motor impulsor: su hija Suliana, de apenas tres años y medio, en aquel entonces. Pero, teniendo el objetivo en mente de pensar en el futuro de los suyos y especialmente de su pequeña, aún a pesar de las dificultades, el peleador cubano nunca dejó de entrenar y fue derribando rivales sobre el ring, al punto que sus derrotas fueron contra oponentes de la talla de Andre Ward y Dmitry Bivol, quien recientemente superó al extraclase mexicano Saúl «Canelo» Álvarez.

Según ha confesado en varias oportunidades el propio Sullivan, luego de cada combate realiza una llamada telefónica a su hija, que junto a sus padres son una parte vital en su existencia. De hecho, en sus peleas, llevaba siempre en su faja el nombre de su hija. Aunque su madre falleció hace ya algunos años, su padre sí tuvo el placer de verlo pelear en primera fila.

Debido a las muy conocidas y cuestionables leyes cubanas, Sullivan no ha podido nunca viajar a Cuba a reencontrarse con sus familiares, llorar de cerca el fallecimiento de su madre, ni tampoco visitar a su hija, a más de una década de su último abrazo.

Finalmente, luego de 13 años de espera, ese momento entre padre e hija finalmente se dio, cuando la ya no tan pequeña Suliana pudo viajar a Estados Unidos a reencontrarse con su padre y darse ese tan anhelado caluroso abrazo.

Sin duda alguna, un momento incomparable, un día de extremo amor para el boxeador cubano y su hija, quienes nuevamente pudieron estrechar sus corazones.

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