Mientras la prensa oficial de la Isla ignoraba su existencia, en Estados Unidos se convertía en una leyenda del atletismo mundial: ganó tres veces consecutivas la Maratón de Nueva York, protagonizó en Boston uno de los duelos más agónicos de la historia de la distancia y, años después, dirigió el centro de alto rendimiento más avanzado (y polémico) de Nike.
La paradoja de que un habanero alcanzara la cima del deporte mundial mientras su nombre permanecía ausente de la memoria deportiva cubana tiene sus raíces en los primeros años de la Revolución.
La Revolución y el exilio
José Dámaso Salazar Jr., padre del atleta, era un ingeniero civil formado en la Universidad de Manhattan que había combatido en la clandestinidad contra la dictadura de Fulgencio Batista. En 1959 se sumó al proyecto del nuevo gobierno a través del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), donde llegó a planificar obras junto a Ernesto «Che» Guevara.
El entusiasmo duró poco. Católico practicante, Salazar padre no tardó en chocar con el giro ideológico del proceso. La ruptura definitiva sobrevino cuando propuso construir una capilla en un asentamiento rural, una idea incompatible con el ateísmo de Estado que comenzaba a consolidarse. Advertido del riesgo que corría, en septiembre de 1960 tomó un avión hacia Estados Unidos. Pocas semanas más tarde se le unió en Manchester, Connecticut, su esposa Martha Galbis Rigol con sus cuatro hijos. El menor de ellos, Alberto Bauduy Salazar Rigol, tenía apenas dos años; había nacido en La Habana el 7 de agosto de 1958.
Instalado en Manchester, Connecticut, José se convirtió en un activista visible de la causa anticastrista: colaboró en la logística previa al desembarco de Bahía de Cochinos, organizó actos públicos y sirvió de enlace entre la comunidad exiliada y la prensa estadounidense.
En aquel hogar, el exilio no era una condición abstracta. Alberto recordaría tiempo después que su infancia transcurrió dentro de «otra Cuba», una pequeña patria reconstruida en el norte donde las conversaciones familiares solían cerrar con la misma promesa ritual: «El próximo año, en La Habana».
Aquella familia traía ya un peso histórico propio. Por la línea materna, los Salazar-Galbis venían del entorno del ingenio azucarero Eden Park, en Pedro Betancourt, Matanzas, donde en el siglo XIX sus antepasados mandaron erigir una de las primeras capillas dedicadas al Sagrado Corazón de Jesús en la región. De esa misma cepa familiar procedía el doctor Damas Lainé, cirujano en la guerra de 1898 y uno de los fundadores del Anglo-American Hospital de La Habana.
La conquista de la Gran Manzana
Forjado en los programas atléticos de Massachusetts y en la Universidad de Oregón bajo la tutela del olímpico Bill Dellinger, Alberto Salazar nunca ofreció la estampa de un corredor elegante. Carecía de la fluidez natural de los grandes fondistas africanos, pero lo compensaba con una capacidad brutal para asimilar el dolor y el agotamiento.
En 1980 logró el boleto olímpico para los Juegos de Moscú en los 10.000 metros, pero el boicot promovido por la Casa Blanca tras la invasión soviética a Afganistán le impidió viajar a la capital soviética. Su revancha llegó ese mismo otoño. El 26 de octubre de 1980, con 22 años, debutó en los 42 kilómetros del Maratón de Nueva York. Días antes de la largada había asegurado en rueda de prensa que correría por debajo de dos horas y diez minutos. Cumplió la profecía: detuvo el reloj en 2:09:41, la marca más rápida para un debutante en la historia de la prueba.
Esa victoria abrió un trienio incontestable en las calles neoyorquinas. En 1981 revalidó la corona con 2:08:13 (reconocido entonces como récord mundial) y en 1982 amarró su tercer triunfo consecutivo con 2:09:29. Para la industria del deporte, el muchacho nacido en La Habana era el maratonista más cotizado del circuito.
El «Duelo bajo el sol»
Si Nueva York le otorgó estatus de estrella, el Maratón de Boston del 19 de abril de 1982 lo inscribió en el mito.
La carrera se disputó bajo un calor inusual que superó los 22 grados. Durante más de quince kilómetros, Salazar y Dick Beardsley corrieron hombro con hombro, intercambiando el liderazgo sin concederse un metro a lo largo de las colinas de Newton y la recta final de Commonwealth Avenue.
Salazar cruzó la meta primero por solo dos segundos de ventaja (2:08:51). Segundos después cayó desplomado sobre el asfalto. Su cuerpo, completamente deshidratado, había dejado de transpirar. En la carpa de auxilio médico hicieron falta cuatro litros de suero intravenoso para sacarlo del colapso.
En medio de esa vorágine de trabajo, la mañana del 30 de junio de 2007, Salazar sufrió un paro cardíaco masivo en las instalaciones de Nike. Tuvo el corazón detenido durante catorce minutos. La intervención rápida de sus colaboradores con maniobras de reanimación y la llegada de las asistencias médicas lograron revertir el cuadro. Sobrevivió sin secuelas neurológicas. Nueve días después de salir del hospital, estaba de vuelta en la pista supervisando las series de sus corredores.
El colapso del método
La búsqueda intransigente del éxito terminó por devorar su reputación. En 2015, reportajes de investigación de la BBC y ProPublica sacaron a la luz cuestionamientos sobre el uso de fármacos bajo receta dentro del programa y las prácticas empleadas para intentar optimizar el rendimiento de sus atletas.
El desmoronamiento del proyecto fue rápido. En 2019, la Agencia Antid*paje de Estados Unidos (USADA) lo suspendió por cuatro años tras sancionarlo por posesión de testosterona y manipulación de controles, una decisión confirmada en 2021 por el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) que llevó a Nike a cerrar definitivamente el Oregon Project. Los fallos que ratificaron la sanción señalaron que no se presentó evidencia ante el TAS de que esas infracciones hubieran tenido algún efecto sobre los atletas que competían al más alto nivel dentro del programa.
A las infracciones de dopaje se sumaron los testimonios de exdeportistas. La fondista Mary Cain denunció públicamente el abuso psicológico y el control obsesivo del peso al que fue sometida dentro del equipo, lo que, según su testimonio, tuvo graves consecuencias para su salud. Finalmente, en 2021, el U.S. Center for SafeSport le impuso una inhabilitación permanente por conducta inapropiada, apartándolo del deporte organizado.
Valor del origen
El legado de Alberto Salazar seguirá siendo objeto de debate: fue uno de los maratonistas más importantes de su generación, un entrenador capaz de transformar la preparación del fondo mundial y, al mismo tiempo, una figura marcada por controversias que terminaron definiendo la última etapa de su carrera.
Para la historia del deporte cubano, sin embargo, la mayor anomalía no está en sus triunfos ni en sus sanciones, sino en el silencio que rodeó su trayectoria dentro de la Isla. Que millones de cubanos hayan desconocido durante cuatro décadas la historia de uno de los atletas de fondo más importantes nacidos en Cuba refleja cómo las divisiones políticas también alcanzaron la memoria deportiva.
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