Existe una narrativa profundamente cínica, construida por el aparato de propaganda de La Habana y repetida con docencia por sus corifeos románticos en las plataformas digitales tanto cubanas como extranjeras, que pretende fechar el nacimiento del deporte cubano el 1 de enero de 1959. Es una farsa monumental. Lo que realmente se inauguró con la llegada de Fidel Castro al poder fue el metódico secuestro de las instituciones atléticas y la degradación del deportista, transformado desde el primer minuto en un rehén ideológico, una mera herramienta publicitaria diseñada para maquillar los crímenes de una dictadura militar.
Sin embargo, la sumisión nunca fue unánime. Al mismo tiempo que el nuevo régimen comenzaba a infiltrar y militarizar los estadios, hombres con un profundo sentido de la dignidad (atletas, entrenadores y directivos) empezaron a tejer una resistencia silenciosa que cristalizaría en las primeras y más audaces huidas hacia la libertad.
El asalto a la autonomía olímpica
La obsesión del Estado cubano por controlar el deporte no nació con el comunismo, pero fue bajo este que se volvió absoluta. En los años cincuenta, la dictadura de Fulgencio Batista ya había intentado intervenir el Comité Olímpico Cubano (COC) para subordinarlo a sus intereses políticos. En aquel momento, la resistencia institucional funcionó.
Figuras de la talla del gran Miguel A. Moenck, miembro cubano del Comité Olímpico Internacional (COI), se plantaron con firmeza. Moenck invocó las reglas de la carta olímpica, denunció la intromisión militar ante los organismos mundiales y obligó a Batista a recular, salvaguardando la independencia del olimpismo nacional.
Pero en 1959 el escenario cambió drásticamente. Castro venía a demoler a las instituciones; no a presionarlas . Con la creación del INDER en 1961, el deporte libre en Cuba fue formalmente abolido y centralizado bajo el puño del Estado. Consciente de que Moenck representaba una amenaza por su prestigio internacional, el régimen lo cercó de inmediato: se le prohibió la salida de la isla y se le cortaron las vías de comunicación con el exterior.
Querían silenciar al testigo. Ante este panorama de asfixia totalitaria, Porfirio Franca Echarte, presidente del COC, optó por tomar el camino del exilio a finales de 1960, asentándose en Puerto Rico para convertirse en una de las primeras voces de denuncia contra la sovietización de la isla.
Los Juegos de Kingston, 1962
La gran vitrina internacional diseñada para exhibir al "nuevo atleta socialista" fueron los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1962, celebrados en Kingston, Jamaica. La delegación cubana viajó blindada, no por personal médico o logístico, sino por agentes de la naciente Seguridad del Estado (G-2), encargados de vigilar cada paso, cada conversación y cada respiro de los competidores.
El control absoluto, sin embargo, fracasó frente a la determinación humana. En Kingston, un grupo de cubanos dignos rompió el cerco de la seguridad estatal y se negó a regresar al presidio político en que se estaba convirtiendo su patria. Su deserción no fue solo un acto de supervivencia individual; fue una toma de postura política colectiva materializada en la Declaración de Principios del Deporte, un manifiesto que hoy sigue escociendo en la memoria del régimen.
Aquel documento plantaba cara a la tiranía bajo premisas inquebrantables:
- El rechazo categórico a representar a regímenes totalitarios que suprimieran las libertades fundamentales.
- La denuncia del uso del deportista como una pieza de propaganda política internacional.
- La censura a los privilegios económicos de la nueva cúpula dirigente del INDER mientras el pueblo cubano
- comenzaba a padecer el racionamiento y la miseria.
- La negativa rotunda a aceptar comisarios políticos disfrazados de directivos o entrenadores.
Los firmantes de este acto de rebeldía civil fueron hombres que lo arriesgaron todo: José Raúl Grande (Vice-Secretario del COC y delegado de tiro), Guillermo Villasuso (Entrenador Principal de Atletismo), Julio de Céspedes (Secretario de la Federación de Halterofilia), José Sarasa (Entrenador de Baloncesto) y Samuel Anderson (Entrenador Asistente de Atletismo). Junto a ellos, los campeones de halterofilia Sergio Oliva, Juan Torres, Ignacio Herrera y Gerardo Díaz.
La brutalidad del sistema quedó en evidencia con el caso de José Sarasa. Al escapar, el régimen volcó su frustración amenazando directamente a su esposa, quien había quedado en la isla. Lejos de amedrentarse, en una demostración del coraje de la mujer cubana, ella logró burlar la vigilancia, subirse a una precaria embarcación junto a otros compatriotas y cruzar el Estrecho de la Florida, desafiando la muerte para reunirse con su esposo.
El desmantelamiento del mito
La dictadura inauguró entonces lo que sería, a partir de ahí, su vieja costumbre de etiquetar como "traidores" y "mercenarios" a quienes buscaban un futuro libre. Así ocurrió en agosto de ese mismo año con el joven matancero Manuel Enrique Hernández, "Amorós", el primer pelotero de las Series Nacionales en escapar de la isla. Con solo 17 años, este zurdo estrella de los Occidentales ya arrastraba una calidad enorme: venía de lanzar un no-hit no-run en el Mundial Juvenil de 1961 y, en el juego inaugural de la Serie Nacional de 1962, trituró al equipo Habana con 17 ponches.
Cerró aquella temporada como líder en victorias (6), entradas (76.2) y ponches (94), con una efectividad impecable de 1.64. Su talento era tan evidente que el propio Raúl Castro aseguraba en sus discursos que el brazo del muchacho valía 60,000 dólares anuales; la realidad es que el Estado le pagaba un sueldo miserable de 167 pesos al mes.
En cuanto "Amorós" recibió una invitación para probarse con los Indios de Cleveland, la maquinaria oficialista desató una feroz campaña en su contra. El joven no esperó a convertirse en propiedad de los hermanos Castro. Dejó el uniforme en Matanzas, se embarcó con cuatro amigos en una lancha de 16 pies y, tras una travesía de 17 horas, alcanzó las costas de Florida. Prefirió arriesgarse a morir en el océano antes que la certeza de vivir sometido.
Una sangría imparable de dignidad
El goteo de hombres libres resultó imposible de contener. A finales de 1962, durante los Juegos Iberoamericanos de Madrid, Armando Brande, Tesorero del Comité Olímpico Cubano, solicitó asilo político. Aunque La Habana intentó ocultar el golpe declarando que Brande se encontraba en un "viaje de negocios", él mismo se encargó de desmentir la propaganda ante la prensa internacional con una sentencia definitiva: "No regresaré hasta que Cuba recobre su libertad".
En 1963, la historia se repitió en los Juegos Universitarios de Porto Alegre, Brasil, cuando Robert Pérez, miembro de la selección nacional de baloncesto, rompió filas. Sus declaraciones explicaban el dolor común de todo un exilio: "Mi país no tiene la paz y la libertad que yo quiero para mi familia, mi esposa y mis hijos".
Mientras tanto, en La Habana, la situación interna del Comité Olímpico resultaba insostenible. El presidente interino del COC, Rafael de J. Iglesias, vivía bajo el chantaje y la vigilancia asfixiante de Llanusa, presidente del INDER. La opresión era tal que Iglesias se veía obligado a pedirle al presidente del COI, Avery Brundage, que enviara la correspondencia olímpica a la dirección de su hijo en Florida para evitar que la censura comunista interceptara las cartas.
Incapaz de seguir convalidando aquella farsa, Iglesias renunció a su cargo a finales de 1963 a cambio de que se le permitiera salir definitivamente de Cuba para reunirse con su familia.
La verdadera historia del deporte cubano en esos años está escrita en la valentía de quienes entendieron que el músculo y el talento no pueden estar al servicio de un tirano.
"Sports without freedom is no sport at all" (El deporte sin libertad no es deporte en absoluto). Aquel slogan de los hombres de 1962 sigue siendo la verdad histórica que el totalitarismo comunista jamás ha podido, ni podrá, borrar de la memoria de la isla.
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