Año 1970. Un equipo cubano de béisbol participa en la Serie Triangular de exhibición dentro de los Juegos Mundiales Universitarios en Turín, Italia.
De entre la constelación de pitchers antillanos presentes en ese mini-torneo ganado por Cuba de manera invicta [2-0] ante elencos de EE.UU e Italia, sobresale Orlando Figueredo, un derecho de más de seis pies de estatura que tira rectas de humo hacia el plato.
Dicen los más viejos que tiraba más duro que Braudilio Vinent y sólo un poquito menos que otro supersónico, Roldan Guillén, lo que ya es mucho decir. También cuentan que los receptores que le recibían, caso de Ramón Hechavarría, añadían una esponja a la guantilla de rigor al calzarse la mascota, para intentar amortiguar las “pedradas” del nacido en Santiago de Cuba el 29 de septiembre de 1943.
En esas estaba Figueredo en Turín, a finales de agosto de 1970, calentando el brazo en la previa de uno de los juegos de Cuba, cuando dos o tres scouts [cazatalentos] empezaron a revolotear a su alrededor y uno se le acercó.
Vía Whatsapp, desde Holguín, Figueredo lo cuenta así: “Me dijo: ‘¡Concho, muchacho!, tienes tremendas condiciones, qué velocidad, qué estampa, si firmas te daré esto, lo otro, tanto dinero…, te saco por una base militar de Estados Unidos que hay cerca y te vas directo a Miami, allá nos ponemos de acuerdo’. Le respondí: ‘No, no me iré a ningún lado; vine a competir y luego me regreso a Cuba”.
En la isla, Miguel Orlando Figueredo Sánchez -ese es su nombre completo-, lanzó en 15 Series Nacionales y no ha recibido el reconocimiento que se merece, aunque los viejos aficionados, aquellos que fueron testigos directos de su accionar, sí hablan de su excelsa calidad y su velocidad aterradora. Fue el segundo lanzador santiaguero, después de Vinent, en arribar a los MIL ponches [1114] y a las CIEN victorias [107] en los certámenes domésticos y su recta se calcula que alcanzaba entre 98 y 99 mph, si no más.
Debut de ensueño
En su primera Serie Nacional, la VIII [1968], con Oriente, dio indicios de la brillantez por venir. En su estreno, contra Matanzas, llevó un ‘sin hits ni carrera’ hasta el séptimo inning, en que un toque de bola le impidió concretar la hazaña.
Poco después, el 25 de enero de ese mismo 1968, sí pudo materializar la gesta, contra Azucareros, que contaba en sus filas con bateadores de alcurnia, como Owen Blandino, Jesús Oviedo y José Pérez, que terminó segundo entre los mejores a la ofensiva en esa contienda. Fue apenas el séptimo desafío de ese tipo en las primeras ocho campañas nacionales.
Sus comienzos
Una vez que se mudó a Palma Soriano, Figueredo, conocido por el apodo de ‘El Figaro’, practicó varios deportes durante su niñez y adolescencia, siguiendo el ejemplo de su papá, Romarico Figueredo, que era un reconocido cátcher en las ligas que se celebraban entre centrales azucareros de la zona. “Además de pelota, jugué voleibol, baloncesto, tenis de campo, practiqué salto alto y natación, corrí en los maratones escolares y hasta fui remero, alcanzando en esta última disciplina un nivel alto, pues estuve en la ESPA [escuela de deportes]”, rememora.
Pero fue la fuerza de su brazo de lanzar lo que hizo que el fiel de la balanza de su vida deportiva oscilara hacia el pasatiempo nacional. “En el béisbol empecé a jugar en la tercera base, por la fuerza de mis tiros a primera. También era bastante bueno al bate, sobre todo la mandaba lejos. Comencé a lanzar a los 14 o 15 años y a los 17 participé en la primera Liga Azucarera Intercentrales, que dirigía Martín Dihigo, allá por 1960-61”, evoca. “Mi padre era mi entrenador y principal crítico”.
Crecimiento como lanzador
“Al principio dependía de la recta, mi curva no era muy buena. Todo cambió cuando recibí valiosos consejos del maestro Conrado Marrero, quien me enseñó lo esencial para sobresalir desde el box: la preparación, cómo evitar las lesiones y, sobre todo, me instruyó otros tipos de lanzamientos, como el slider y el tenedor. Marrero era una enciclopedia del pitcheo. Gracias a él, nunca tuve una lesión seria y, al dejar de jugar, aún mis lanzamientos rondaban las 90 mph”, recuerda.
1972 fue su mejor año. Con el subcampeón Mineros, ganó más que nadie en la temporada XI: se impuso en 14 juegos y sólo perdió dos [1.42 PCL], por delante de Rolando Macías y Roberto Valdés, ambos con 12 éxitos, y de Vinent, 11. Esa formidable actuación y sus dos triunfos con Orientales en la Serie de las Estrellas, le valió para enfundarse de nuevo el uniforme del Team Cuba para los dos eventos principales de ese año.
En mayo voló a Puerto Rico, sede de los primeros Juegos Universitarios Centroamericanos y del Caribe, para guiar el triunfo de Cuba, venciendo a República Dominicana y Puerto Rico, resultando el mejor serpentinero del certamen.
Luego tomó otro avión hacia Nicaragua, sede del XX Campeonato Mundial de Béisbol Aficionado, donde impuso un récord que aún permanece vigente. “He sido el único lanzador cubano en conectar un jonrón en un evento internacional, contra Italia”, apunta. Y agregamos que fue el miércoles 27 de noviembre de 1972.
En ese reñido torneo, que ganó Cuba con el oportuno cuadrangular de Agustín Marquetti, Figueredo, si bien pitcheó contra equipos débiles, cumplió con la tarea al lograr tres victorias sin derrotas, ponchar a 20 en 21 entradas y dar su aporte también a la ofensiva al compilar de 10-4 con seis empujadas.
Buen bateador
Precisamente, Figueredo no sólo sobresalía desde la loma de los disparos, sino también desde el cajón de bateo. Conforma junto a Gaspar “El Curro” Pérez y Mario Fernández, una trilogía de aquel magnífico béisbol que combinó pitcheo y bateo con acierto.
‘El Curro’ se voló ocho veces la barda en 10 Series Nacionales [bateó para 258], Fernández despachó 9 en 11 campañas [average de 181] y ‘El Figaro’ pegó siete en 15 contiendas [promedió 226], pero más que eso, menciona otro dato que no es muy conocido: “En un juego contra Camagüey, creo que en 1968, me serví con la cuchara grande: conecté de 5-5, incluyendo, jonrón, dos tubeyes y dos jits”.
Alternó en su uniforme los números 27 y 44.