Leyenda cubana de MLB sacó de las calles de Chicago a otro extraclase enfermo y sin dinero

Por Yasel Porto

Hace un tiempo salió en Swing Completo una información sobre la delicada situación que ha vivido el estelar exsegunda base güireño Oscar Macías, pero existe un caso todavía más complejo dentro del béisbol cubano por la trascendencia de los involucrados y por el contexto en sí.

No importa el sistema donde se vive ni el dinero del que se disponga. Si usted hace las cosas de forma incorrecta una y otra vez poniendo en riesgo su presupuesto y hasta su salud por alto consumo de alcohol y hasta de drogas, no es de extrañar que termine en la calle como un mendigo.

Así mismo le pasó al miembro del Salón de la Fama de Cooperstown, Cristóbal Torriente, quien después de disfrutar de más de una década de triunfos en las Ligas Negras de Estados Unidos decidió quedarse allí por pensar que las condiciones estaban creadas para tener una vida más favorable que en Cuba.

Pero el jardinero zurdo oriundo de Cienfuegos era un bebedor sin límites desde su etapa gloriosa como pelotero activo que se había iniciado en su país de origen. La fama alcanzada por él desde finales de la segunda década del siglo XX fue algo que fue manejando cada vez peor.

Después de un paso brillante por los circuitos para mestizos y negros que ya son considerados para de MLB, Torriente fue desestimado por todos tras finalizar la temporada de 1928. Su mala actitud dentro y fuera del terreno de juego, incentivado en gran medida por el consumo incontrolable de ron que lo convirtió en un alcohólico crónico, acortó sobremanera una carrera que pese a no sobrepasar los nueve años de experiencia en el máximo nivel de las Ligas Negras, le alcanzó para llegar al Salón de la Fama.

Hasta esa campaña de 1928 el “Bambino Cubano” había dejado una impresionante línea ofensiva de .340 / .427 / .523 / .951 según baseballreference, con un título de bateo en 1920 tras su galáctico .411 y el liderazgo en dobles, triples, slugging, OBP y OPS en 1924. Sus primeras seis incursiones fueron con los Gigantes Americanos de Chicago, el equipo más importante de aquella etapa junto con los Monarcas de Kansas City.

Cristóbal Torriente fue el mejor bateador cubano en la década del veinte

Su participación en el profesionalismo más allá de Cuba tuvo un bache de cuatro años según las estadísticas oficiales, con un retorno breve dentro de la pelota venezolana en 1932 (dos turnos al bate).

Para ese entonces a Torriente no le quedaba nada en su interior de aquel talento que lo había convertido en el mejor bateador cubano por un buen tiempo. La causa seguía siendo la misma de siempre: mucho alcohol y poco entrenamiento.

Con lo poco que la quedaba en sus bolsillos decidió radicarse en la compleja ciudad de Chicago, y allí su desenlace no pudo ser peor. Terminó en las calles de uno de los suburbios de la zona sur con la peor imagen posible, y además de su condición de mendigo y de alcohólico, la tuberculosis había penetrado sus pulmones.

Unos meses más y su destino hubiera sido morir como un completo desconocido. Solo la mano salvadora de otra leyenda del béisbol cubano impidió ese desenlace tan terrible.

Se trataba nada menos que de Martín Dihigo, otro miembro de Cooperstown y considerado por amplio margen como el pelotero cubano más completo de la historia. El versátil jugador matancero se encontraba en Chicago con su equipo los New York Cubans en su temporada de debut dentro de los mismos circuitos en los que una vez Torriente fue uno de los mejores.

Y por esas cosas de la vida que algunos llaman casualidad Dihigo reconoció a su excolega y decidió interceder por él para sacarlo del precario estatus en el que se encontraba. Estamos hablando de 1935.

Después de mejorarle su aspecto lo llevó a un hospital de la ciudad donde se oficializó su condición como enfermo de tuberculosis. Ello demandaba un tratamiento a largo plazo para evitar una muerte próximo y fue entonces que Martín tuvo otro gesto extraordinario al decidir llevarse a Torriente para un centro médico en Nueva York.

¿Por qué el traslado? Sencillamente porque en la Gran Manzana estaba la casa del club de Dihigo y de esa forma tendría más chance de ocuparse directamente del caso a partir del momento del ingreso.

Y aunque se pueda pensar en un final feliz tras comenzar su tratamiento en el Hospital Riverside de Harlem, solo al principio parecía que en unos meses Torriente podría retomar una vida social normal. El destino demostró todo lo contrario.

Pronto volveré con la segunda parte de esta historia, una de las más tristes entre los cubanos que han jugado en Estados Unidos aunque en la misma también reluce la colosal actitud de un Martín Dihigo que dio múltiples muestras de una grandeza extradeportiva.

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